5 de julio de 2009

La Bruta

Conocí a la bruta en mi viaje de egresado en Palo Seco. No es que no nos haya alcanzado para ir a Bariloche, sino que a mitad de camino se nos quedó el micro y tuvimos que hacer parada en ese pueblucho rural; y, adivinen qué, perdí el micro cuando partieron después de reparar esa correa de ventilador… Y nadie se percató de mi ausencia de tan poco popular que era yo entre mis compañeros (qué digo compañeros, Enemigos eran esos hijos de puta!). Por eso mismo, lejos de lamentarlo, decidí que mejor que pasar quince días en ese Guantánamo estudiantil era quedarme acá sin más, conocer el lugar, hacerme de amigos y, con suerte, no volver a casa. Tampoco allá iban a extrañarme, si éramos como doce hermanos (doce o trece, no me acuerdo). No sabía por entonces lo que me deparaba el destino. Trabajé enseguida en el taller mecánico donde arreglaron el micro. No Me pagaban, porque el chofer había huido sin abonar la reparación, así que vine yo a pagar los platos rotos y las facturas impagas. Pero a los dos días me liberaron de tal responsabilidad, más que nada debido a que yo era un inútil total que daba más trabajo que el que solucionaba. Y lógico, si era un pendejo de 23 años (no les dije, pero era repetidor de los que repiten todos los años al menos una vez). Así, por puro bruto, me fui quedando en ese villorio aburrido que se fue haciendo mi hogar; y no tarde mucho en dejar de dormir en ese taller para Acomodarme ya en una casa de Buena Familia. Ahí conocí a La Bruta. Ya me habían hablado de ella, un poco en broma (creí por entonces); y como en el pueblo de donde vengo “Bruta” significa “Fuerte, atractiva”, enseguida se me hizo en la cabeza la imagen de una diosa impresionante. Y la verdad es que sí, ella impresionaba; no sólo porque de físico estallaba: era grande, grandota…; de espaldas, de manos, de piernas… Sino porque era impresionante verla en acción. Como es de esperarse, bruto y bruta se atraen. Pero en este caso, yo era el intelectual de los dos. Tal era la brutalidad de ella. Cuando sus padres, los dueños de casa, me la presentaron, no terminaron de decir “él va a ser nuestro nuevo huésped” que ella me pegó una palmada tal en la espalda que casi me tira al piso, y del beso (en el cachete) casi me tienen que operar para extirpármela. Por supuesto que su familia ni se inmutó por ello: estaban habituados a reacciones mucho más exageradas que una bruta palmada de bienvenida. En ese momento lo tome como una simple broma (nada femenina por cierto); más tarde pensé en un exceso hormonal retenido, y liberado ante la presencia del hombre enfrente (alguna vez evalué la posibilidad de estudiar psiquiatría, pero es una carrera que requiere de leer más de un libro, cosa que me supera). Al final me di cuenta que era de bruta nomás que se comportaba así. Fue difícil escapar a sus modos cavernícolas, un poco porque tan fea no era (si no la mirabas moverse ni la escuchabas hablar) y otro poco porque yo estaba solo; y eso a esta edad te lleva a cometer todo tipo de errores con tal de ponerla. Y pequé. No fue difícil, dado que ella se me venía a la pieza y ni golpeaba siquiera (claro, era su casa, pero…). Pegaba un empujón y reventaba la puerta de una; y se metía como apurada, juntaba un par de medias del suelo, mi remera, las acomodaba y se me tiraba en la cama, me enchufaba el vaso de agua en la boca, me peinaba, me tiraba de los cachetes… Todo esto en la mañana y en menos de un minuto. La verdad es que, pensándolo hoy, yo debí haber sido muy boludo o debí haber estado muy pero muy falto de atención para permitir semejante trato de marioneta vapuleada. Era un atropello! Y lógico, si la Bruta era como un camión con acoplado y sin frenos. Y yo, de camionero, nada. Pero fue imposible evitar que las cosas subieran de nivel. Si ya de entrada se me instalaba en la zapie, imagínense que al poco tiempo ya era difícil sacarle seis centímetros de distancia. Me tenía más marcado que un defensor central al número 9. Eso no me molestaba tanto, pero cierta vez que íbamos por la calle me hizo pasar vergüenza del empujón que me dio cuando saludé a otra chica del pueblo, la hija del mecánico donde yo había “trabajado”. De ese empujón me metió en el Registro Civil nomás. Y ya sacamos fecha para casamiento. Sacamos digo para no sentirme discriminado, porque en realidad los trámites los hizo ella con mi consentimiento tácito; lo que equivale a decir que nunca me consultó siquiera. Pero quién osaría oponerse a la fuerza bruta de La Bruta? Yo, su marido, no. No y no, quise decir cuando el juez preguntó “Acepta…”, pero me salió un sí que era como rendirme al enemigo incondicionalmente a cambio de sobrevivir. Porque cuando la miré antes de contestar, sus ojos casi me cachetean de bruta que era. Ella, al verme dudar a la hora de firmar, me sacó la lapicera y firmó ella con mi nombre; y ni forma de hacerle entender que esa firma no era válida y bla bla bla… Como todos, hasta el juez, la conocían, no insistieron mucho y dieron por válido el matrimonio, mal que me pase. Y así llegamos al altar. La pequeña capilla del pueblo estaba llena (hacía como dos años que nadie se casaba de la poca gente que quedaba en ese villorio). Ella estab imponente: Parecía el Perito Moreno (no el prócer sino el glaciar), toda de blanco que encandilaba. Yo estaba, al fin, contento: era la primera vez que resultaba el centro de interés social de todo el mundo y, además, había una fiesta en mi honor. Qué iluso era por entonces. Entró la Bruta a la iglesia y ya comenzaron los problemas, porque de bruta que era llegó antes que yo, que no por asustado estaba retrasado sino que era temprano: Tan temprano como que llegó doce horas antes, porque ella había entendido que la misa era a las nueve de la mañana y no hubo forma de que sus padres y amigas la convencieran de que era a las nueve de la noche. Así que me fue a buscar, todo el séquito detrás caminando de la capilla a su casa (donde yo dormía todavía la tranca de la despedida de solteros), levantando polvareda por la calle de tierra a la velocidad del paso a que ella nos tenía acostumbrados, una suerte de marcha olímpica imposible de seguir si no la corrías. Así mismo me llegó, en medio de mi sueño, para convertirse en otra pesadilla. Me levantó del cuello con una mano, me puso el saco (la camisa y pantalones no me los había sacado del pedo que tenía al acostarme), y me llevó en el aire hasta la Casa de Dios, quién no sólo no estaba sino que tampoco estaba el cura, otro que había participado de mi despedida y también dormía vestido, pero no en la sacristía sino en lo de Doña Rosa, la catequista (no me pregunten por qué, pero se ve que era más cerca su casa que la parroquia). Al percatarse de la falta de personal celestial idóneo, la Bruta no dudó: manoteó a un chico que hacía las veces de monaguillo, quien estaba chismoseando como todo pueblerino, y lo puso detrás del púlpito a dirigir el sacramento. El pibe no tenía ni la menor idea, pero era vivo y se dio cuenta que mejor seguirle el juego a la Bruta que reconocerse inhábil para el puesto. Así que mintió un poco el texto, dijo dos o tres pelotudeces de rigor y preguntó lo que tenía que preguntar, de la manera más simple y sencilla: “Ustedes se quieren casar?” Sí, contestó ella por los dos. “Entonces los declaro marido y marida”, dijo el pibe, que era bruto pero no boludo. Y así, por primera vez, la ví sonreír a la Bruta, lo que valió todo el sacrificio de estar a su lado. No voy a contar lo de la noche de bodas, pero sí vale aclarar que la fiesta se terminó de un golpe cuando ella echó a todos al grito de “basta, váyanse… llegó la hora de la consumación”. Escalofriante! Y los sacó uno a uno pa’fuera a las patadas como perros en jardín ajeno. Después llegó la mañana, con el cantar de los pájaros; se me terminó la mamúa de dos días de festejos… y entonces comprendí, perplejo, en qué situación me hallaba. Ahora era el marido de La Bruta! Y bueno, como dice le saber popular, de las peores se sale con educación: Así fue que me decidí a terminar la secundaria. Mi jermu me mantenía porque la familia era dueña de unos campitos muy generosos que daba para los cinco (ella tenía un hermano que con buen tino había rajado para Córdoba capital, pero igual pegaba un mangazo puntual cada fin de mes). Entonces me inscribí en el bachillerato nacional y en un año y medio estaría recibiéndome de grandulón diplomado. Era, desde ya, el más viejo de la clase, pero mi plan iba derechito como mi andar cuando la Bruta me mandaba a hacer las compras. Así llegó mitad de 5to año y, claro, tuvimos nuestro viaje de Egresados. Otra vez para Bariloche, esta vez sí. Pero cuando partí, me dí cuenta que si llegaba allá no me iba a quedar otra que volver; así que en una de las paradas me las rebusqué para aflojar la correa del ventilador del micro. El motor recalentó, y no hubo otra que parar en un pueblucho de La Pampa que no les voy a revelar porque ahora es mi guarida. Sí, me quedé acá cuando partió el micro. Tomé el recaudo de decirles a todos que estaba con diarrea, y que si no me encontraban era porque estaría seguramente en el baño del bus. Y así partieron sin mí, creyéndome descompuesto e hincado en el inodoro del colectivo salvador. Esa es la manera como zafé de la Bruta, pero ahora que me volví a casar (aquella boda no tenía validez legal, si yo nunca firmé) y estoy obligado a mantener una familia, me pregunto si era tan malo soportar a una bruta todo el día o si es peor tener a tu suegro de jefe, como me pasa hoy día. Creo que en cualquier momento tiro la toalla y me vuelvo para Palo Seco nomás. Pero lo que más lamento es no haber conocido, al fin, Bariloche. Capaz me haga docente para irme con los alumnos alguna vez.

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