6 de marzo de 2011

El Atractivo René

René tenía una extraña pero muy preciada virtud: Era atractivo. No es que fuera bello ni seductor en el sentido en que lo entienden publicitarios y mujeres en celo. No, René atraía a la gente. Y esto, que parece muy copado, era para él un verdadero calvario.
Ya desde muy niño, él sintió que algo raro pasaba en sus relaciones infantiles. Se daba cuenta cuando, en primero y segundo grado, llegaba a su casa y sus padres se veían en la obligación de llamar a los padres de los otros niños, todos compañeritos, que venía adosados a él. Su atracción de parte de los otros era tal, aun en su más temprana edad, que las otras aulas se vaciaban porque todos los chicos se arremolinaban alrededor de la puerta y la ventana más cercana al alumno René. Y él no podía manejar eso. No tenía ni el don de la agresividad siquiera, como para espantarlos.
Los padres hicieron como si nada. Nunca consideraron que esta particularidad de su único hijo fuera algo parecido a una enfermedad. Entre la miopía del padre y la obesidad de la madre, René no podía contar demasiado con sus progenitores. Ya era bastante con soportar las peleas entre ellos cada noche. Y claro, entre el miope que no veía un pito (mucho menos el suyo propio) y la gorda que era inembocable, la tensión hacía saltar los tapones de la convivencia a la hora en que las velas dejan de arder. Así fue que el niño creyó que esa atractividad suya era algo que podía pasarle a cualquiera. Eso duró hasta que tuvo doce años. A partir de entonces, René se sintió un fenómeno.
Llegó la adolescencia y el joven René era el centro de las reuniones: si buscabas a alguien seguramente lo encontrarías alrededor de René, cerca… muy cerca. O encima de él ! Será por eso, o porque odiaba a la gente y a las reuniones, que a René no lo invitaban a ninguna. Y eso lo hacía más resentido aun. Claro, los invitados, los compañeros de secundaria, todos preferían quedarse al pedo con René mirando pasar bondis por Camino Negro que ir a la mejor de las fiestas negras que los otros organizaran. Hasta los dueños de boliches bailables estaba alterados con la sensible baja en las ventas desde que la generación de René copó la parada. En las discos y bailantas los encontrabas más grandecitos o mucho menores pero nunca de la edad de René: esos estaban con él, pensaban todos. Y es que basta el mito a veces para justificarlo todo.
Sufrió varias amenazas el pibe debido a esto. Y atentados! Una vez lo esperaron en la oscura esquina de su casa para algo que seguramente no sería felicitarlo… Pero les fue imposible sortear a la muchedumbre para llegar a él. Y es que el pobre René nunca estaba solo.
Lo eligieron Presidente del Centro de Estudiantes del colegio cuando él ni siquiera se había postulado. Lógico si se piensa que era, por lejos, el de mayor convocatoria. Había otro candidato, el Ruso Jiménez, quien le disputo palmo a palmo la candidatura… Pero si bien el Ruso era muy popular por sus convicciones, René lo era más porque sí. Y es que los compañeros preferían votar en la misma línea que el Atractivo; en la misma línea y el mismo cuarto oscuro. La elección fue impugnada por eso: era imposible separar a la masa que lo rodeaba y entonces todos los votos, más de la mitad del total, fueron anulados. Eso salvó a René de caer en las redes sucias de la política, que siempre busca fenómenos atractivos como él a quienes impulsar al éxito.
Sin embargo, la peor etapa fue la de la juventud. Perdido en su soledad imposible, siempre rodeado de un séquito de conocidos y desconocidos, René descubrió al amor de su vida: Latoya. Ella también odiaba a la sociedad, y más ahora que era amada por René, el gregariópata. La sociedad era, ahora, lo que los separaba… O al menos, esa parte de la sociedad que se pegaba a su pretendiente y hacía que un beso fuera algo así como ir a ver a los Rolling Stone al césped. Esa relación no duró mucho. Ella le dijo no estar lista para el sexo grupal. Él la comprendió. Sobre todo porque él odiaba a los Rolling tanto como ella.
Cansado de intentar tener una vida normal, harto de subir a un colectivo vacío y que todos se suban al mismo bondi y se sienten alrededor de él porque sí; frustrado de intentar jugar tenis y tener veinte compañeros de dobles repentinamente, René buscó la lejanía, el autoexilio como forma de exorcismo. Pensó que quizás muy lejos ese fenómeno amenguaría o quizás desaparecería. Entonces aprovechó los ahorros que encontraba en los bolsillos de los pesados que siempre estaba encima de él para viajar.
Cruzó el charco y se instaló en Valencia, previo paso por Madrid, donde los madrileños se le pegaban todo el tiempo. Ya el vuelo había sido complicado, dado que el peso del avión se desbalanceada por culpa de esos desubicados que se la pasaba saltando de sus asientos para sentarse en el pasillo junto a él, o bien en su falda. Y no saben lo incómodo que puede ser volar doce horas con un gordo hincha de Racing a upa. Pero duró poco en tierras españolas. Dado lo difícil que le era viajar sin atraer las miradas (y los cuerpos) de los otros viajeros, René decidió, a instancia de lo cerca que resulta todo por aquellas tierras, caminar. Se convirtió en mochilero. A los diez kilómetros ya era el mochilero más popular del país: había por lo menos cien personas caminando junto a él, que fueron más de mil cuando se detuvo en la gasolinera que estaba a cincuenta kilómetros de la salida de la ruta a Valencia. Él sabía cómo escapar de esas: normalmente permanecía quieto, en algún lugar abierto, se sentaba… Y cuando todos lo hacían, él corría desesperadamente hacia algún medio de transporte. Alguna vez se había entregado a la policía para escapar de un grupo de punks en Parque Rivadavia. También había tenido socios de escape: un primo, Renzo, solía buscarlo con su taxi cuando las papas quemaban y la multitud se ponía insoportable. Pero el primo era un laburante, un profesional… y le cobraba. Esta vez había un camión rutero justo enfrente, cuya puerta abierta invitaba al escape. Y a correr !
En Valencia la cosa no cambió mucho. El valenciano es tranquilo pero también dejado a las atracciones, de puro aburrido. Así que allí no pudo zafar tampoco. Pero en esa estada tuvo la revelación que le daría sentido a su don (por llamar a esa atracción absurda de alguna manera medianamente interesante). Trató de trabajar como simpatizante profesional de diversos deportes, en productoras de TV integrando paneles de participantes o tribunas de “chupamedios” (esos chupamedias que aplauden cuando alguien se los indica o ríen ante el cartel “risas” que otro chupamedios de mayor jerarquía levanta). La cosa es que mientras no se daban cuenta de su problema, todos creían que esas aglomeraciones se debían al gran éxito del programa, o a la masiva adhesión a un cierto equipo de un cierto deporte. Una nutrida fila no sorprendía a nadie, pero cuando las instalaciones rebasaban sus capacidades la cosa se ponía de castaño a oscuro. Ahí es cuando René desparecía. Justo antes que los organizadores se percataran del fenómeno.
Un día, en un chat, un tío le dijo: Oye, tu deberías deshacerte de todos esos que te rodean sin sentido… Un día ponte una bomba y termina con esto!
Bingo! René sintió que esa era la gran idea, el deseo oculto que callaba desde la primera vez que comprendió lo absurdo de su destino. Pero tenía que tener sentido ese sacrificio. No era cuestión de dar la vida de tanta gente por nada. La idea dio vueltas por su cabeza, cansado de lidiar consigo y con tantos. Pero siguió viaje.
Italia, Serbia, Albania, Grecia… Todo siguió igual. Turquía, Siria, Irak… Líbano. Un poco caminando, otro tanto corriendo y subiéndose a algún vehículo inesperadamente. Así llegó el fenómeno René a la zona más caliente de Medio Oriente.
Allí lo recibieron como a un héroe nacional. Detrás de él, doce mil otros atraídos venían cuan legión de incondicionales, hombres, mujeres, niños, vendedores de alfombras… En Beirut lo agasajaron (a él y a aquellos de los doce mil que entraron en el palacio) como a un príncipe. Habían visto en él una suerte de nuevo Mesías, un Mahoma extranjero. Un Che Guevara sin ideales. Y es que le reservaban un destino, una misión final exoneratoria.
Lo llevaron a un campo de entrenamiento. Los llevaron, en realidad, ya que era imposible aislar al atractivo René de su séquito de atraídos: Todo intento de separación duraba apenas un minuto, al cabo del cual ya se encontraba acompañado, rodeado de camaradas haciendo exactamente lo mismo que él. No bastaron los innumerables disparos al aire ni los disparos a matar: otros reemplazaban a los caídos inmediatamente, cosa que desconcertaba a los guardias de aquél campo. Los jefes a cargo decidieron que si Mahoma no iba a la montaña, la montaña debía irse al carajo, y justo cuando iban a abandonar el entrenamiento y ajusticiar al complicadísimo René, llegó una llamada salvadora que más que una opción era un ultimátum. La misión estaba lista. Había llegado El Gran Día.
René fue llevado ante el Líder, un hombre de pañuelo en la cabeza y Kalashnikov al hombro. Éste lo beso dos veces, lo tomó de ambos brazos a la vez y, de frente y a los ojos, le dijo: Vas a morir por nosotros. Al menos eso fue lo que le tradujeron a René, aunque más sensato era pensar en un “Vas a morir con nosotros” dada la naturaleza de su don.
Y fue asi nomás. Aquellos que lo habían querido utilizar para sus planes de combate guerrillero como hombre-bomba, no pudieron alejarse a tiempo. Esa cualidad tan atractiva de René el Atractivo termino siendo su fatalidad (la de él y la de todos los otros). El Hombre-Bomba que odiaba a la humanidad había encontrado al fin su destino; el modo de deshacerse de sí mismo, de su trágico don y de todos los pesados que durante el último tiempo se le habían pegado como moscas. Y qué lindo que es matar moscas, verdad.

4 de diciembre de 2010

El Loquito de Mierda

“Qué lindo día para salir a matar” dijo él mirando al cielo y respirando hondo. Y, no le decían Loquito de Mierda porque sí… Estaba realmente dañado el pibe de Ituzaingo que ahora habitaba un depto bastante bien amoblado que había heredado de la abuela cheta en Barrio Norte. Es que el émulo del Petiso Orejudo no era ningún pobrecito: educado en los mejores colegios de Buenos Aires (que fueron muchos porque de todos lo rajaban con honores), el tipo conocía el way of life de cualquier bacán, así como le sobraba chamuyo para zafar de cuanta gayola en la que lo quisieran encanutar. Y es que el Loquito había estudiado abogacía, relaciones públicas, psicología… además de cocina macrobiótica, pero esto último no le daba gran ventaja frente a la cana en general. Así que casi toda su vida se había dedicado a joder a los demás, pero no como lo haría un abogado, un psicólogo, o un mal cocinero sino a joder por joder nomás, de puro capricho de loco. Este no era el tipo de loco que viola a una mina, no… Era más capaz de empujarla del bondi al momento de descender, sólo por arruinarle la cara contra el pavimento si acaso la piba era una baby face. Tampoco era de esos que te secuestran para hacerse de tu guita, para qué?.. No… Éste te secuestraba y te llevaba a la popular de Boca con una camiseta de River puesta, para que te murieras de miedo mientras caías desde la segunda bandeja de la Bombonera arrojado por la 12. Era perverso, sádico… De hecho, decían que había sido amigo del menor de los Saadi. Resulta que este cheto emputecido (él ya no le daba mucha bola a las minas sino que se lo relacionaba sólo con chonguitos freakies últimamente), venía portándose más o menos bien hasta hoy… Pero como todo loco, tenía mañanas y mañanas. Y ésta era una de esas que seguramente terminaría en sangre. Y así fue que el Loquito se puso los Rayban oscuros y encaró por Av Santa Fe donde compró ropa deportiva y un bate de béisbol. Después, sonrisa flor de labios, bajó hasta Reconquista y se paseó por la nueva peatonal porteña llevado por cierto aire de libre felicidad, preámbulo seguro del momento de gloria que pronto iba a llegar: sólo faltaba la excusa… Y la excusa siempre llega. Ella manejaba un Mercedes Sedán plateado, un tono que molestaba por demás al loquito por su falta de personalidad. Pero eso no habría sido nada si la chica no hubiera sido tan joven, tan bella, y tan arrogante como para pretender pasar con su auto por el medio de esa calle para peatones. Y si bien no era la única, y venía a dos por hora
ella cometió el terrible error de tocarle bocina al Loquito de Mierda que venía floreándose en su locura mientras elegía qué cabeza reventar… Y ahí estaba ella, la cabeza perfecta! Rubia, desubicada, rica o mantenida. Hueca como debe ser. “¿Cómo sonará una cabecita tan vacía?” Se preguntó el Loquito. ¡Qué plato tan bien servido para la felicidad del trastornado! Ahí mismo la arrancó para afuera del auto por la ventanilla, la que rompió con el bate de aluminio… La levantó en el aire de los pelos y la arrojó contra un ciclista que pasaba, el cual fue a parar contra una mesa donde unos ingleses se tomaban la décima cerveza de la mañana, lo que provocó que los piratones (ya entrados en carnes y años) reaccionaran como si se tratara de la invasión a las Malvinas, y al grito de “Falklands are English” le empezaron a dar duro al bici mensajero, quien claro fue defendido por unos motoqueros que se tiraron de las motos a darles duro a los desubicados british que, para colmo, vestían horrendas remeras estampadas con el Union Jack pintado, ese pabellón de rayas cruzadas en rojo, azul y blanco que los punk tan irónicamente hicieron popular… A la mina no tardaron en afanarle el reloj Cartier, la cartera Gucci, los zapatos Sarkany, el vestido de Romano y hasta la bombacha Caro Cuore (y sí, es el efecto cebolla, más adentro vas, más te hace llorar). A ella, el golpe le afectó; pero lo que realmente la hizo llorar fue que todo el mundo viera que su lingerie no iba a tono con su bijouterie, y menos con el resto de sus enceres. El Loquito cantaba de felicidad, y al rítmo de la Marsellesa (quién sabe si habrá sido el Cartier lo que lo inspirara) iba rematando a golpe de bate las cabezas de los que salian de aquella batahola, sin discriminar entre criollos y extraños, ni entre cristianos y herejes (la locura, si algo no tiene es ideología o teología… mucho menos identidad nacional). Entonces llegó la frutilla del postre, lo que esperaba el Loquito con disimulable ansia: Llegó el macho de la rubia, un tipo de unos cuarenta y cinco, de impecable traje Dior azul noche y gemelos de marfil, quien insinuó agacharse a levantar a la llorosa y desnuda muchacha. Justo entonces se acercó el Loquito y le dijo “Cuidado..! No vio cómo tiene corrido el maquillaje la señorita?”, lo que provocó en el hombre ese pequeño segundo de duda que le dio al Loco el tiempo de levantar el bate de béisbol lo suficiente como para asestarle un jonrón perfecto que le hizo volar la cabeza rodando Reconquista abajo… lo que el Loquito de Mierda festejó con un histérico “¡¡¡¡Ganadoooorrrr!!!!” mientras corría por la calle levantando las rodillas cuan beisbolista en su noche de consagración. Para cuando la policía llegó, el “jugador” ya no estaba en la “cancha”. Allí sólo quedaban rostros amoratados, cuerpos desparramados y muchas cabezas sangrantes; una mujer desnuda sentada en la vereda, inmersa en un ataque de histeria, todo el maquillaje diluido y chorreado haciéndola ver como un maorí en trance ceremonial… un torso de hombre muy bien empilchado… y más allá una cabeza suelta de cabellos cortos muy bien arreglados cuya expresión parecía decir “Maquillaje… cuál maquillaje?”. La policía cerco el perímetro y comenzó una investigación por “Atentado Terrorista” que nunca prosperó. Un motoquero que milagrosamente sobrevivió dice haber visto al Loquito llevarse su moto (no se sabe si fue cierto o si el tipo quiso estafar al seguro). El Loquito, por su parte (y fiel a su estilo) no volvió a matar usando un bate… Ese seguramente fue directo a su sala de trofeos. Esa en cuyas paredes el abuelo, de muy mal gusto, solía colgar las cabezas de las presas que cazaba, pobres animales duros, muy peludos ellos. “Yo ni loco cuelgo una cabeza acá”, me dijo el Loquito de Mierda después de contarme su epopeya, mientras fijaba a la pared el bate “ganador“.

17 de mayo de 2010

El Chonguito

Julián comprendió muy temprano cómo era esto de satisfacer a una dama. Le bastaban esos quince temerarios abriles para ver por dónde corría la liebre del misterio femenino: una buena noche tres veces por semana y nada de preguntas era su fórmula ganadora. Y cómo no!... Si estaba lo suficientemente dotado como para que en el barrio (orinada en pared de potrero mediante) lo apodaran “El Chongo”. Y esto era así desde los cinco eh. Ahora, diez años después, ya no había potreros dónde corretear sino peatonales llenas de mujeres maduras con gordas carteras (y algunas otras partes igualmente sobrecargadas) a las que atender. Esto había empezado, como casi todo en su vida, sin querer: Un amigo de su hermano Beto se lo encontró en la calle y él, que siempre andaba al pedo porque no estudiaba, lo acompañó. El tipo este se dio cuenta enseguida que las minas se babeaban por el pibe, y que el pendejo no se avispaba de eso de puro pendejo que era. Entonces empezó a llenarle la cabeza con historias de minas con guita que lo habían mantenido durante la mitad de su vida siendo él un adefesio -con algo de labia, eso sí, y buena presencia. Que cuán grande era la oportunidad que se le había dado al pibe, que era fachero y bla bla bla… La cosa es que el Chongo picó, y dado que el trabajo no era su materia predilecta (nunca lo es a los quince), decidió pararse a hacer esquina en la peatonal de Lomas de Zamora una tarde de primavera en que las veteranas comenzaban a dejar su hibernación para liberar piernas y escotes al aire cuan colegialas en tacos. Al principio fue un tanto duro: el pibe no se animaba a nada con ninguna… Y a las maduritas ni las miraba. Apenas si entablaba medio diálogo con las nenas de su edad, algunas ya todas unas gatas en eso de encarar. Y lo encaraban! Pero al pibe, todavía, se le escapaba la liebre. Y para eso estaba Jaime, el amigo de Beto. Para él era ya un buen negocio pararse junto al púber, cuyos ojos celestes y su metro noventa le daban suficiente cartel como para atraer al menos a la cuarta parte de las mujeres que pasaban (la otras tres cuartas partes estaban obviamente seducidas por las ofertas de vidrieras, cuándo no). De a poco el pibe fue aprendiendo a mirar, a sonreir, a pedir un cigarrillo a las que había que atraer: señoras de treinta y cinco a cincuenta ávidas de nuevas experiencias o de viejos vicios. Aprendió a vestirse como todo un dandy: camisa blanca y saco azul muy oscuro, pantalón al tono o jean, si era de tarde. Claritos si pintaba el claor... Nada de esas camisas hawaianas llenas de flores color verde agua, bermudas de combate ni collarcitos de feria hippie. Volaron rulos y piercing: un corte modernito y a cazar. Para pendejadas bastaba su cara de nene y esos dientitos separados del medio que ya lo delataban como púber luismiguelesco. Además de esa insipiente barbita que siempre parecía de dos días porque no se animaba a crecer, quizás por falta de hormonas todavía. Y el gran día llegó. Matilde no era de esas mujeres que dudaban; ni bien lo vió supo que lo quería en su cama, que ese era el juguete ideal para tener una noche y encontrarlo sobre la mesita de luz al despertarse a la mañana siquiente. Y así fue. El pibe la acompañó en el auto de ella hasta un departamento a unas cuantas cuadras. Allí Julián extrajo el arma que la daría fama de amante serial y la señora cuarentona (separada según ella pero no divorciada) se quedó paralizada por un instante antes de arrojarse boquiabierta sobre el sexo del pibe. Será ilegal, pero era inevitable. El amigo de Beto estaba contento. Pensaba que él solo había hecho de ese perdedor todo un gigoló… El problema radicaba en los atributos ocultos del nene. Cualquier señora más o menos maltratada sexualmense se volvería loca ante la obscenidad de semejante oferta. Y así le ocurrió a Matilde. Ya evaluaban dejar la esquina y mudar el emprendimiento porque la pobre no dejaba de acosar a pibe: cada tarde se les aparecía en busca de más y más, y así el negocio se enturbiaba. Y si bien Julián no se animó a cobrarle la primera noche, la matraqueada aquella hizo que la buena de Matilde llegara hasta a ofrecerle el coche “prestado sin compromiso” al amigo mayor con tal de tener vía libre con el nene. Un día aquél muchachón aceptó, a sabiendas que ofertas como esas no sobrarían... y sin avisarle al púber se las tomó con el 307 de la tórrida veterana para nunca más volver. Entonces, ya sin tutor, Julián se largó por su cuenta. Al principio creyó que todo había terminado y que lo que le esperaba era una vida normal como la de cualquier pibe de su edad. Pero las cartas ya estaban echadas y las pocas noviecitas que frecuentó lo echaron de sus casas al ver que las trataba como si fueran meras clientas. El pibe se había convertido en un profesional… y ya no había vuelta atrás. Eso de gritarles “puta, cómo te gusta eh...”, whisky en mano a las chicas de quince no era precisamente algo de lo que jactarse. Pero con las veteranas funcionaba tal y como Jaime le había enseñado. Así que volvió a buscarse una esquina, esta vez en Adrogué… Y las clientas no tardaron en llegar. De Adrogué se fue a Capital… Y de Capital a la Costa… Pero un día se cansó. Ya no era ese pendejo inexperto en busca de aventura. Sus erecciones ya no eran eternas... Y aprovechando que había juntado unos mangos, creyó conveniente sentar cabeza. Era cuestión de encontrar a la gallina de los huevos de oro que no fuera el bagayo que le rompiera los huevos (como solía ser su madre con su padre). Julián estaba dispuesto a formar una familia. Pero para él, pensar en un trabajo normal era como para cualquiera de nosotros pensar en ser astronauta: él sólo sabía satisfacer mujeres. En ninguna otra cosa era bueno; ¡siquiera mediocre! Por eso la mujer que eligiera debía sin dudas estar en posición de bancar a un hombre y tener la necesidad de mantenerlo al lado con tal de recibir buen sexo. Eso se propuso. Pero enseguida se encontró frente al gran dilema: la mujer que es capaz de estimular semejante deseo sin que el sexo sea un trabajo seguramente no necesitará pagar por ello. Le bastará con una mirada al hombre que desee, en cualquier bar o reunión. Por otro lado, la que necesite a alguien al lado tan desesperadamente que considere mantenerlo con tal de no perderlo seguramente sea una mujer sola debido a que no es facil de desear (y mucho menos de empomar). Él sabía cómo hacerlo, era capaz de sacar un orgasmo de un repollo... pero el pibe consideraba que ya era hora de jubilarse; de disfrutar del sexo cuando fuera propicio y no por cumplir a cambio de algo. Iluso, no sabía nada de la vida. Ahora se venía lo más duro. Y fue con Alejandra D., una abogada de Mar del Plata con quien se animó a quedarse cama adentro. La paraguaya (así le decían por su origen mandioquero) era una mujer bastante mayor como para no andar con cualquiera, pero aun lo suficientemente deseable como para merecer darle sin problemas. Y la guaraní quiso; quiso esa mandioca humana para ella sola. Entonces orquestó toda una organización alrededor del joven chongo como para no levantar la perdiz: No sería bien visto en los Tribunales Marplatenses que una mujer de ley anduviera con un pibito treinta años menor. Así le inventó un cargo: Secretario Full Time. ¡¡Para qué,,,!! El que no quería laburar tuvo que aprender el oficio. Empezó con llevarle la agenda y terminó yendo y viniendo de los juzgados por ella, mientras la señora disfrutaba las tardes con sus amigas y/o amigos en el club de campo. Ah, eso sí: cada noche, puntualmente, él aprendió a decir no: “Esta noche me duele la cabeza, amor”, solia excusarse Julián, el Chongo. Quién lo hubiera dicho, a sus veintidós añitos.

25 de enero de 2010

La Ví Parada Ahí

Acababa de llegar a Sao Paulo cuando, aun con mis maletas en la mano, la vi. Estaba parada en una esquina de la rodoviaria (léase, estación de Buses), cigarrito en boca y chistando cuanto auto pasaba quizás buscando algún taxi que abordar. No llevaba por equipaje que sus espléndidas curvas, muy muy bien señalizadas por sobre esos tacos como aguijones que casi no apoyaba en el terrenal asfalto. La morena (quien resultó no ser brasileña sino uruguaya, y no llamarse Xoxota sino Edith), me cautivó con su desdeñoso moverse, toda vez que fracasaba en su intento por atrapar un auto de alquiler (que, después supe, era en realidad cualquier auto) y gesticulaba con verdadera inquina a quien no le llevara el apunte. Me acerqué, temeroso como siempre pero seguro de poder ayudarla, y su rostro, algo desencajado por lo infructuoso de sus intentos, se iluminó al verme como si el mensaje de su sonrisa fuera “He aquí al hombre que buscaba”. Y así parece que fue, porque la llevé en el auto de alquiler por mí rentado que me esperaba allí. Fuimos donde ella propuso, como corresponde a un galán como yo: Un sitio de amigos que nos agasajarían por nuestra llegada (ya verán que ella no llegaba de ningún viaje). Promesas de vino y espeto corrido más sonrisas y Más sonrisas me perdieron y ya no podía ni pensar en que a mí no me gustaba el vino y menos el espeto corrido ese. Pero ella sí me gustaba. El auto nos llevó hasta una zona fabril y populosa, aunque algo desolada de la Gran Orbe paulista, donde no había otros vehículos en la calle que alguna perdida bicicleta y una que otra patrulla policial que la perseguía. Hasta allí llegamos, no sin discutir acaloradamente con el taxista quien repetía que él hasta allí no llegaría pero llegó después de hablar duramente con ella, cosa que para mí era difícil de entender cuando la charla se ponía así de densa y apurada y en portugués. Llegamos pues frente a una puerta corrediza metálica de enorme porte que alguien amablemente corrió para nosotros. Y entramos, con auto, chofer y todo, para después bajarnos y despedir al buen hombre quien, dejando el auto se marchó a pie sin protestar. Me pareció extraño y sospeché de algún desperfecto porque no pude entender la ironía con que el quía se despedía de nosotros. Claro que no tuve que aprobar un curso acelerado de portugués para entender, más tarde, lo que sucedía. Por entonces lo único que movía mis neuronas era cierta hormona que ella sabía muy bien estimular y que hacía que ellas (las neuronas digo) sólo se interesaran por recorrer, una y otra vez, aquellas curvas tan bien pronunciadas como discurso De candidato. Tal vez por ello no me percaté de que aquél hangar no era otra cosa que un desarmadero, y que el tal agasajo me iba a costar más caro que organizarme una fiesta a mí mismo en el Sao Paulo Hilton. El hombre se acercó de inmediato a presentarse, la mano estirada y enunciando una frase que después supe quería decir “dónde están sus tarjetas de crédito”. Las barreras que impone una lengua desconocida nunca son más fuertes que los besos de lengua, así que poco me importó que el tipo hurgara en mis bolsillos; mi mirada no podía desprenderse de esa boca carnosa, brillante… Y esos ojos que me engatusaban (término impecable para describir cualquier cosa que de ella viniere)… Supuse, en mi hipnosis amorosa, que esos modales eran los propios de esta cultura que yo venía de descubrir; a poco, El Inquisidor se fue y quedamos solo unos muchachones y yo, ellos muy animados en palmearme la espalda al tiempo de ofrecerme de beber esos menjunjes tropicales que siempre (siempre) tienen un poquito de limón, casi nada de azúcar y mucho pero mucho alcohol del fuerte. Yo, que nunca fui un gran bebedor, no podía negarme a tal gesto de camaradería. Pensé entonces en dosificar La ingesta como para que no se note que bebía poco pero ellos, amables como nadie, insistían en hacerme probar más y más… No estoy seguro si las cosas, después, fueron como las recuerdo O si todo fue una sugestión hormonal promovida por tanta Cachasa caliente (se había terminado el hielo hacía rato y estos brasileros no aflojaban Con el trago). Lo cierto es que lo que recuerdo es a Xoxota hincada sobre mí, desvistiéndome salvajemente al rítmo de una suave melodía de Milton Nascimento (que no por ser Nascimento Tiene algo que ver con Pelé, como supe después). La recuerdo ardiente, apasionada… flameante En los vahos del alcohol como bandera de buque de guerra que huye luego de una escaramuza en aguas extranjeras… Sí… Qué pedo tenía!! Histórico, podríamos considerar, a la luz de la breve historia de mi vida alcohólica. Cuando desperté, todo dolorido, la ví (otra vez) parada ahí… Distinta, distante… Distraída!! Contaba un fajo de billetes que, al parece eran míos. Me habían llevado de gira por los cajeros de toda la zona comercial del Bajo Sao Paulo porque mi tarjeta (arrancada de mis bolsillos) Les pedía mi clave y número de documento: “ Es así…”, les dije Para conformarlos. “Vivimos en culturas diferentes…” Y me fui caminando despacio, no porque ese fuera el final de una película barata ni yo el antihéroe de ocasión; mucho menos porque así, despacio, yo estuviera saboreando esa experiencia de hacía un rato… Me iba despacio porque no podía caminar del dolor de culo: Y es que Edith no era Xoxota ni tampoco brasilera, pero menos que menos una mujer cualquiera sino un singular travesti ya entrado en años que organizó una banda de estafadores porque su cuerpo ya no le daba (de comer ni de nada). Y así ella (él!!) se vengaba de los muchos que una vez la abusaran sólo por ser pobre, trasvestista, prostituta y bien parecida… a Ronaldinho! Ahí me acordé que ya en la viaje yo había estado bebiendo, única manera de conciliar el sueño si se viaja de Montevideo a Sao Paulo por micro ómnibus porque uno es un cagón que no se banca demasiado los aviones. Así que ya al llegar estaba algo adobado, cansado, caliente como buen habitante de latitudes frescas llegando al Trópico. Y ésta (éste!!) que se me regala… Bah, yo me lo busqué. Y qué? Si al fin y al cabo, con esto me hice hombre. Porque hombre es el que prueba Y vuelve… Y yo, bueno… Estoy En eso. Tratando de volver, sin un mango y averiado; pero con la moral (casi) intacta. Solamente la moral, claro.

12 de noviembre de 2009

El Hombre Plástico

Carlitos era una chico simple que había encarado una carrera universitaria después de lidiar con ese secundario que no quería rendirse pero que él, de tanto rendir materias, terminó por vencer (o casi) por cansancio. La cosa es que por más pública que sea la universidad, costos son costos… y que viaje, apuntes, cafecito, materiales… Hubo que buscarse un laburito, sin más. Algo de medio tiempo, como para poder estudiar (y vivir!) dado que el objetivo era ser “arquitecto” y ya hacía como dos años y medio que no pasaba del CBC (ciclo básico que, normalmente, no debería tomar más de una año). Un buen (o mal) día vio un aviso y se mandó: “Estudiante universitario se busca para tareas administrativas bla bla bla…”. Los requisitos eran mínimos, y sus diecinueve (casi veinte) abriles lo calificaban para casi todo: Esa es la edad que todo explotador pretende de un explotado (cuando se tiene poca experiencia es más facil que se se diga a todo que sí). Y ahí fue Carlitos con su CV casi vacío, pero con todas las ganas de ser parte del staff de Granger, Bolocks & Hankerchiefs Inc, una empresa de puta madre que se dedicaba a venderle pañuelos descartables a todas las otras empresas de puta madre que los pagaban fortuna con tal de no permitir que una pequeña empresita local se llevara el dinero que, claro, debe siempre quedar en manos de unos pocos “amigos” gordos. Y lo tomaron a Carlitos. Puesto: Cadete Raso; Sueldo: Básico + viáticos + tickets + promesas… Básico bah… Pero en blanco y con aportes. La familia, chocha! (él venía de una familia clase media baja con ansias capitalistas). El problema comienza cuando llegan los del banco. Hasta entonces Carlitos sabía para qué estaba ahí, en La Empresa, dejándose explotar. Era un pacto de caballeros: Él decía a todo que sí durante seis horas por día, cinco veces a la semana, y ellos le depositaban el sueldo que le salvaba las papas para seguir intentando ser algún día un arquitecto y no ya un explotado. Pero eso iba a llevar tiempo. La manzana de la tentación llegó de la mano de la palabra “banco”. Y es que, justamente, el sueldo se depositaba en una cuenta, la que era abierta al empleado “sin cargo” por obligaciones legales de la empresa; pero esta “cuenta” venía con algunos “beneficios” extra: Una tarjeta de débito (para poder extraer su dinero del banco, como es obvio aunque nuevo para Carlitos), y una “tarjeta de crédito”. Claro que Carlitos dijo sí a todo. Qué más podía hacer ante la palabra “gratis” o la frase “sin costo adicional”. Ahí empezó la debacle. Al principio Carlitos no daba crédito a todas esas promesas de una vida plástica y mejor, por eso o por falta de costumbre ni se acordaba de que contaba con un recurso maravilloso para gastar y gastar. Así vivió una par de meses hasta que su hermana le hizo la nefasta pregunta: “Vos tenés tarjeta de crédito, no?” Ese momento cambiaría para siempre la vida de Carlitos, la de su familia, la mía, la de ustedes y diría que todo el mismísimo universo (si adscribimos a la teoría de que todo pequeño cambio particular afecta al todo en general, una teoría muy pelotuda pero mágicamente en boga hoy por hoy). Porque Carlitos preguntó para qué, y la respuesta le abrió un abanico satánico de posibilidades que trastornarían su devenir. “Para financiar en cuotas un celu nuevo” fue la desgraciada respuesta de la desgraciada de su hermana, herramienta del Diablo para llevarse las almas más puras para el lado corrupto del capitalismo, de donde, como si el Infierno, jamás se vuelve. Ahí, en ese lapso de fraternal traición involuntaria, de ambición telefónica, se gestó el fin del sueño de Carlitos y el comienzo de la pesadilla de un hombre que dejaba de ser un chico para, por supuesto, sufrir (como todo aquel que deja de ser un chico para convertirse en un boludo responsable). Carlitos se dio cuenta que podía acceder a tantas cosas como el plástico se lo permitiera; era cuestión de saber financiar, prorratear, liquidar, etc… Así comenzó a acumular gastos. Primero fue ese simple celular (por dos había descuento así que se compró uno para él también, típico truco consumista en el que todos hemos caído alguna vez; pero cada uno venía con una línea a cien mangos por mes y bla bla bla). Después fue un LCD para la compu (tanto TP, tanto TP para la facu que la compu se merecía un monitor mejor, no?). Luego, el gran salto: Una motito para ir al laburo, a la facu y a todos lados. Un gran ahorro en monedas (imposibles de conseguir, alguien haga algo al respecto, por favor!) al ya no tener que pagar colectivos ni esperar que alguno se digne a pasar cuando se hacen las 12. Más tarde, el abono para el cable, internet banda ancha, boletos para un fin de semana en Chascomús, una plancha para mamá en su día (un hijo de puta el Carlitos, podría haberle regalado algo más lindo y menos trabajable). Y más adelante, unas salidas a comer mensuales, el telo (salía con una del trabajo y otra de la facu, dos pescados de mar perdidos en el río que no daban para andar mostrando… pero él pagaba todo). Y llegó el cochecito! (también financiado en cuotas). Para esto Carlitos ya tenía tres trabajos: Con una sola tarjeta no iba a alcanzarle para pagar todo lo que se quería comprar. La facu, nada. Cómo estudiar con tanto laburo! La fue dejando como a cada uno de los pescados que se le iban cruzando hasta que, al tiempo, se cruzó con María Sara (una chica buena y no tan fea que lo amaba) y con ella formaron una familia. Todo pagado a puro plasticazo: Desde el ramo con el que le pidió su mano hasta el remis que los llevó al hospital cuando el primer parto. Sin olvidar el taxi hasta el Registro Civil (no se casaron por iglesia porque ahí se paga cash… qué, no sabían que en las iglesias siempre cobran para casar?). Hoy, Carlitos es el típico Hombre-Plástico: Vive por y para las tarjetas. Nunca llega a cubrirlas y se desvive por llegar al día de vencimiento lo menos mal parado posible. Las tiene de todos colores y no hay un día que no lo llamen o no le llegue algún resumen de las que usa, de las que usó o de las que usará. Es así: El capitalismo sabe cómo hacer de un cadete un hombre exitoso. En ese sentido, todo esta pago. Y si no, se financia… Qué problema hay si tenemos plástico?

20 de octubre de 2009

Dany Drogón

Empezó como empiezan todos: Probando… Una de ésta, otra de aquella… Y así se fue haciendo costumbre, como todo en la vida, te toma por asalto y en un par de ratos nomás te convertís en fanático de quién sabe que porquería. Hay adictos al trabajo, a la música de iglesia, adictos al chucrut o al cine escandinavo, al tute y a la payana. Hay adictos a lo que haya…. Pero el bueno de Dany era adicto a todo. De chiquito, lo podían los caramelos, sobre todo los envueltos (sin excluir a los otros). De más grande incursionó en los helados de agua y por entonces no paraba de mancharse la lengua de todos los colores con esos palitos berretas que de tan adicto se afanaba del kiosco de la escuela donde nunca terminó la secundaria dado que la deuda era tan grande en ese ingrato kiosco que debió trabajar 6 años parar pagar lo que ingería; igual seguía y seguía, y del helado pasó al alfajor de leche, ese que tiene azuquita arriba. Al fin, si haber pagado más que parte ínfima de la deuda, el kiosquero se cansó y de una pateadura lo mandó a la calle donde cambió alfajor por raviol, y azuquita por cocaína. Y cómo no iba a hacerlo si lo importante era encontrar a qué hacerse adicto. Así que como plata no había, cuando ya no le regalaron la golosina tuvo que salir a procurarla. No era Dany el Drogón hombre de armas llevar, no porque le faltara arma sino porque de hombre no tenía nada. Y en eso andaba una tarde oscura que entró a la sacristía de una iglesia a por la limosna. Dada la falta de canasta, de moneda y de todo, se entusiasmó con la imagen de una botellita clara, transparente como el alcohol puro; y ya que estaba, por qué no darse un toquecito ae alconafta como para seguir rumbeando a por alguna otra puerta sin llave que, generosa, se dejara abrir sin mucho bregar. Fue entonces que, espontáneo, sin mucho Pensar (como era su estilo), empinó la botellita hasta llenar la jeringa que llevaba y metérsela en la vena mayor del antebrazo… Y ahhhhuhhhhh! Ahí hubo como un cambio, una suerte de maremoto interior, una ceremonia interna de iniciación en algo que (otra vez) habría de cambiarle la vida. Estaba, era invadido por una nueva experiencia Religiosa: Y es que no era alcohol lo que contenía esa botellita, sino Agua Bendita… Bendita Agua que licuó esa sangre intoxicada y de un golpe, como una Maza Sagrada, derrumbó a ese monstruo que moraba en las entrañas revueltas (como todas!) del muchachón, ese que le reclamaba más y más… Ahora, la Santidad lo colmaba, lo invadía… lo drogaba! Si acaso la religión no es el Opio de los pueblos? En el caso de Dany Drogón, ahora conocido como Pastor Dany, la revelación llegó como influjo medicinal, como inyección de fé (nunca mejor utilizada la idea). Y hay que verlo, de blanco, Entre las viejas del pueblo y sus hijas (alguna Ya le ha echado el ojo), pregonando la sanación de las almas y, por qué no de lo cuerpos, a través de una simple infiltración de Agua Bendita, $50 la dosis a domicilio, gentileza de la Parroquia Local… La Iglesia, moderna, adaptada, no se iba a quedar sin su porción de santidad, verdad. Eso sí, a Dany no se la cobraban. Cuestión de humana piedad, si se quiere.

2 de octubre de 2009

Las Cosas Tan En Serio

Mi problema siempre fue que me he tomado las cosas muy en serio. Tan en serio que hasta los chistes los he tenido que evaluar antes de saber si reírme o no. Y Es que vengo de una familia muy hippie, con un padre que se la pasaba diciendo “Qué onda, no?” todo el tiempo y entonces aprendí que si todo te chupa un soberano huevo, al fin terminás teniendo la vida de una tortilla, viste. Y yo siempre quise para mi vida otra cosa: nada de flores, cero naturaleza, poca droga y mucho, pero mucho trabajo. Es decir, que a mis viejos les salí fallado, lo que por mi parte era todo un éxito. Pero eso mismo que me salvó de ellos y su flower power se convirtió un día en un peso que me aplastaba; y es que me di cuenta que me quedaba afuera de un montón de cosas. No es que me faltaran cosas interesantes que hacer, pero eran siempre las cosas del trabajo; también tenía un montón de amigotes, pero caí en la cuenta que eran todos compañeros de trabajo y que de lo único que les hablaba yo era del trabajo y eso… las salidas nunca faltaron, eso sí; pero cuando íbamos al bowling yo siempre era el que contaba los puntos, juntaba los pinos, secaba las bolas… Y así cuando salíamos de bar: Yo terminaba juntado las copas caídas, alcanzándoles las jarras de cerveza hasta la barra, y si se hacía tarde, hasta he llegado a barrer una cantina de la Boca después de una Despedida de Solteros. En fin, un día una novia que tenía me dijo que me aflojara un poco porque yo (según ella) siempre estaba como muy contracturado… Me lo dijo y, con una amplia sonrisa, se subió al auto de un amigo para nunca más verlos a ninguno de los dos. Y bueno, si así es la vida de un trabajador, me dije como resignado. Pero un buen día todo cambió radicalmente: Me encontré en la calle con un amigo Radical que ahora trabajaba para el gobierno en un programa llamado PREPUCIO, que viene a ser el Programa Educativo Para Urgencias Con Individuos Ortivas… Me dijo que ellos estaban buscando alguien como yo para justificar los gastos que se morfaba ese programa. Mucho no le entendí, pero sí me quedó claro que me estaba ofreciendo una salida a mi frustración. Y entonces acepté sin pensar; era la primera vez que me abismaba a hacer algo, a encarar un cambio sin reflexionarlo. Entregué, me entregué, a los brazos de mi amigo radical arrepentido como si yo mismo reconociera en su arrepentimiento el mío, este de ser lo que era (al menos eso me dijo mi psicólogo y yo, que querés que te diga…). Así fue que me acerqué hasta las dependencias del PREPUCIO, donde me realizaron un chequeo y me diagnosticaron Neurosis Ortiva en grado 8; parece que el mío era un caso para tratar.. Y tratar… y tratar. Y ellos trataron nomás! Lo primero que tuve que aceptar fue la medicación: Un par de porros por día que me iban a relajar y eso me ayudaría a dejar atrás esa obsesión por controlar que me terminaba poniendo en cuatro para limpiar, juntar las cosas caídas, lavar la vajilla en los restaurantes a donde iba… En fin, una terapia no es completa si no se la encara con seriedad. Así que empecé a fumar De esa porquería y, la verdad, la cosa empezó a funcionar. Después vino el Segundo Paso: me cambiaron los hábitos: empecé a vender flores de papel en la estación Guaymallén del tren que va para el norte todos los sábados y domingos; eso, según mi Tutor del programa, me daría una nueva dimensión de lo que puede ser la vida. Me hacían chamullar como loco porque las florcitas esas eran tan poca cosa que era imposible venderlas, si ni se veían de tan chicas las porquerías. Y entonces me fui animando, salí de ese pozo en que me enterraba solo para encarar esa parte de mí que estaba latente, dormida, drogada por tanta responsabilidad, que no es otra cosa que una manera muy escondida de zafar de la felicidad. Y de tanto ser feliz vendiendo flores de papel, me pasaron a la Tercera Etapa: Dejé todo, Buenos Aires misma,´ para mudarme a San Marcos, pueblo de amigos descontracturados, aldea de seres irresponsables que gozan la vida sin más… Y donde mis florcitas (las que dan los del PREPUCIO) se venden como pan caliente, sobre todo cuando vienen los turistas que, como hormigas ciegas compran cualquier porquería sin preguntar para qué sirve, quién la hizo ni cuánto cuesta. Al final, tanto odio a mis padres me estaba haciendo mal: ahora soy hippie como ellos, pero peor, porque soy un hippie mantenido por el sistema que ellos aborrecían! Y qué querés que te diga… Yo me siento de diez, loco; acá en la feria, con mis colegas… Que onda no?, diría mi viejo. “A la flor, florcitaaa…”

15 de septiembre de 2009

La Empanada Asesina

El caso había llegado a la opinión pública hambrienta de escándalo a través de la TV: Un voraz delincuente venía cocinando un número nada despreciable de crímenes que apetecían a más de un medio local y hasta nacional: Robos, atropellos, violaciones (de cajas de seguridad y de alguna vieja desprevenida con seguridad), atentados a la autoridad y resistencia a la servilidad lo definían como todo un adorable desquiciado; la clase de lacra que toda persona de bien de una sociedad como ésta desea ser. Lo que más desalentaba a los especialistas en seguridad era que lo único seguro en este caso era que seguro no lo atraparían. Ya llevaba varios meses la búsqueda del malviviente y ésta siempre era Infructuosa. Porque Infructuosa Rivera, la Responsable de Prensa de la Policía siempre aparecía repitiendo la misma triste historia: “Estamos cada vez más cerca de esclarecer el caso…” Una patraña tan despreciable como los crímenes de este personaje que la prensa diera en llamar “El Asesino del Espejo”, una exageración, el típico error mediático que no sirve como antecedente criminal pero siempre sirve para vender más. Porque si algo había de lo que este tipo fuera incapaz era de matar… Sin embargo la suerte (la mala) lo llevó a estar en el mal lugar en un mal momento: Cierta vez que entró a afanar a un viejito bastante bacán que coleccionaba pinturas caras, se encontró con que al viejo se le había caído un gran espejo encima, degollándolo en el acto; y es que el viejo de chicato que era, se ponía frente al espejo creyendo estar apreciando su autorretrato. Y un día que pasó un camión un tanto apurado por Avenida Madero el espejo se desprendió de la pared por la vibración, cayendo sobre el anciano como todo un símbolo de la pelotudez. Y es que el hombre tenía dinero como para ir a un oculista, operarse y hasta comprarse las mejores gafas del mercado, pero no tenía familia ni visión como para ver en su agenda el número del profesional en cuestión. Y así fue que cayó una buena noche nuestro asesino casual (digo “Cayó” porque entró por el Balcón, desprendiéndose como Hombre-Gato) y se encontró con ese cuadro: No el que quería afanarse sino con el cuadro del tipo tirado, un charco de sangre y el espejo destrozado con su marco enorme cuan collar de dinosaurio alrededor del cuello delgadísimo del anciano. “Pucha…” dijo nuestro antihéroe, con lo que me gustaba ese espejo, “…y bué.. Tendré que llevarme este Degas, el Tintoretto… Y también este Berni”, reflexionó desilusionado pero tranquilo, seguro de que lo importante no era tanto el valor de los objetos sino su tamaño. Después de todo, ese espejo era demasiado para andar bajándose por una soga. Aquél fue su último atraco vestido de civil y haciendo de Hombre-Gato, pero sería el que lo marcara para siempre y eso que después vendría lo mejor: Descubriría la manera más simple y perspicaz de entrar en las casas, en los corazones de la gente y así adueñarse de sus valores sin casi ser detectado de tan evidente que era su aspecto así, disfrazado de Empanada callejera. Y es que para él era una revancha: Había sido, alguna vez, una de esas empanadas que, disfrazado, repartía volantines y danzaba bajo el radiante sol de Enero en la peatonal de Mar del Plata… Ese año se había jurado que un día se vengaría de la humanidad y de su jefe… Y de todo aquél que amara La empanada! Y ahora había encontrado la manera más perfecta de realizar su Venganza: Todo amante de esa alimaña de comida de reunión barata en la que siempre los gustos se entremezclan y terminás comiéndote la que pidiera el otro, todo el que alguna vez llamara tarde para zafar la cena, esos le abrirían la puerta gustosos de recibir en sus casas a ese representante de la gula criolla, de ese pecado de la gastronomía. Y así, una vez despojados, ellos odiarán las empanadas… Y además dentro del traje cabía más de lo que un gran bolso permitiría. Y quién en su sano juicio revisaría a una empanada que va por la calle como si nada? Así era que sorteaba los más estrechos cercos que le imponían las fuerzas de la ley, que no por representar la ley eran, al fin, tan fuertes: Sucumbían, todos, al perfume atroz de una empanada frita. Y es que el falso asesino se prodigaba en impregnar sus ropas de empanada con las salpicaduras de fritura que actuaban a modo de hipnótica influencia a la hora de apersonarse ante quien fuere. Así seducía a víctimas y custodios, a gordos y muertos de hambre por igual. Pero, pero… siempre hay un Judas Vegetariano, un alguien que, fuera del mundo puede abstraerse de las seducciones banales y pensar sin que los sentidos se relaman ante una empanada humana. Y así fue que después de un trabajito en el Banco Provincia, Sucursal Berazategui, una dama de la División Perros (por no decir una perra que queda bastante feo) que cuidaba de la cuadra de la mano de su amo policía sospechó que esa empanada que salía caminando de ese banco olía más a billete de cien que a fritura en aceite viejo y de una mordida (vaya paradoja de la vida) dio cuenta del malviviente. Las crónicas del día siguiente no coincidían en determinar si el éxito acaso fue por el excelente entrenamiento de la sabueso, o si quizás la perra simplemente se quiso manducar una empanada al mejor estilo vigilante argentino.

15 de agosto de 2009

Efecto Dominó

La química de la vida suele darnos sorpresas explosivas. Nunca sabremos muy bien cuáles son los elementos que pueden detonar la más inesperada de las circunstancias. A veces basta con estar ahí en el momento indicado. Incluso la combinación de un idiota con una gran injusticia alrededor puede dar como resultado una revolución. En este caso, un simple tablero de damas fue el campo de entrenamiento, y un club de jubilados el escenario. Y bastó quizás con que uno de los jugadores se llamara Ernesto y el otro Fidel para que, desde algún oscuro rincón del misterio, se engendrara una idea tan peregrina como la que el tercero en discordia va a tener en unos segundos. “Ahí ta… Saben lo que nos está faltando muchachada…?”, dijo Napoleón desde su silla de ruedas. “Yerba, otra vez?”, se lamentó Ernesto. “No, nooo… Yerba tampoco hay, pero no importará mucho cuando le diga lo que tengo en mente ahora que los veo batallar en este Campo de Marte cuadriculado (el de la silla de ruedas era fanático de su homónimo francés, por lo que todo lo relacionaba con la bélica vida de aquél)… Les digo que lo que nos está faltando es una buena revolución, chicos!” Los otros dos siguieron jugando pero no dejaron pasar la bravuconada del amigo espectador. “Bonaparte… a vos deberían llamarte Napoleón Mandaparte!”, lo desacreditó Fidel mientras se comía tres fichas del bueno de Ernesto, quien no era un avezado jugador de damas pero que de revoluciones sabía un poquito dado que había participado en la de los Azules y Colorados cuando estaba en la colimba, y desde entonces, por esas cosas de la vida, le tocaba ser parte en toda revuelta que anduviera dando vueltas por allí. “Yo me acuerdo que durante la rebelión Carapintada le volé la boina a un tanquista rebelde desde el balcón del piso 11 donde vivía mi hija con el Mauser que me llevé cuando deserté de la colimba”, aclaró Ernesto dándole aire y vida a la no muy bien recibida idea de Don Napoleón. “Y qué hacemos si ganamos…”, se anticipó Fidel, como asegurándose un final favorable en esta historia. “Cualquier cosa… Un mundo mejor por ejemplo… Qué se yo!” dijo entusiasta Ernesto antes que Napoleón desenvainara su bic y comenzara a apuntar las primera entradas del Libro de la Revolución. “Sí… peor que lo que hacen estos que están ahora, imposible…”, agregó el escribiente, en una notable descripción no sólo del gobierno de turno sino de todos los turnos y gobiernos que habían pasado por la tierra que albergaba al Club de Jubilados La Bocha Corta, de Escobar. “Fijate que hasta Perón le está errando feo”, acotó Fidel, algo extraviado. “Qué Perón ni perodonte! Ese ya se fue hace rato…”, aclaro los tantos Fidel, para tranquilidad de la masa obrera. “Ahora está el General Onganía che…”, agregó como para dejar en claro que la actualidad no era su fuerte. “Ese moralista hijo de su buena madre… Ya va a ver cuando engrase mi Mauser”, se envalentonó Ernesto mientras trataba de acordarse a dónde había ido a parar el fusil ese después de la mudanza de su hija. “Che, mejor nos organizamos eh…”, propuso Napoleón, que no era el escribiente por casualidad. “…Establezcamos el Plan de Acción, así lo anoto“. “Claro!”, dijo seguro Fidel… “Punto 1: Tomar la Casa Rosada…”, como para no dejar dudas de que la cosa se resumía al todo. “Epa epa… vamos rápido…”, se ofuscó un poco el de la silla de ruedas, como intentando dar cauce a un plan mejor pergeñado. “…Primero hay que llegar hasta allá… yo monedas, no tengo”, sentenció en un rapto de autocrítico realismo. “Iremos caminando”, sentenció Ernesto poniéndose y levantando al cielo el botellón de suero que solían darle por las mañanas en forma endovenosa. “…Dónde se ha visto un grupo de revolucionarios llegando en colectivo… Y si las cámaras no enfocan bajando por la puerta de atrás?… Un bochorno!”, cerró convincente y contundente a viva voz, antes de tener un acceso de tos que le duraría como diez minutos. “Sí, además yo tengo que esperar que venga el 60 que tienen rampa para discapacitados, que no pasa nunca el desgraciado…”, se quejó Napoleón, exacerbando ese sentimiento de desigualdad que envalentona a todo revolucionario a ir hasta el fondo de las reformas. “Callate maricón, que nunca pagás boleto vos con esa silla rumbosa que empujamos siempre nosotros…”, se despachó Fidel, como sacándose una espina clavada en la campanilla del alma hacía siglos. “Te voy a dar maricón a vos hijunagran…” lanzó ofuscado, tocado en su más profundo ser el ofendido; y empuñando la bic cuan daga se avalanzó sobre el insultante camarada sin demasiado éxito dada su escasa movilidad, pero con el suficiente rango de acción como para tirar al carajo el tablero de damas con todo y mesa. Pasada la afrenta y juntadas las fichas del suelo (tarea que a los revolucionarios les llevó hora y media dada sus avanzadas edades y las consabidas complicaciones visuales y lumbares), se calmaron los ánimos y se fueron a dormir: La mañana siguiente sería clave en el destino de toda una nación… y quizás de la humanidad entera. A eso de las cinco de la madrugada Ernesto entró en la habitación de Napoleón, y juntos fueron por Fidel, que era el único que dormía con una viejita ocasionalmente. La vieja roncaba tan fuerte que casi no podían despertar al camarada, lo que los obligó a gritar (y no es que, por lo usual, hablaran en voz baja, eh… todos padecía cierta dulce sordera). En eso estaban cuando se despertaron otros viejos del geriátrico donde vivía Fidel, y casi todos concluían en que acompañarían a los revolucionarios en su periplo triunfal hasta la Casa de Gobierno. A las cinco treinta ya estaban en la ruta, soportando la ignominia de los bocinazos de camioneros frustrados por tanta explotación de un sistema que no respeta a las personas como ellos. Así se iban dando manija, kilómetro a kilómetro (en realidad debería decir metro a metro, dada la lentitud de la marcha). Pero como nada es casual en la vida, esa lentitud fue la mejor de las circunstancias para que esa revolución triunfe: la caravana de nueve viejitos locos que empezó en el geriátrico de Fidel ya se había convertido en una columna de setenta personas que, conmovidas o simplemente solidarias con ellos los seguían en su andar hacia la Capital. A los sensibles agreguémosle los resentidos; a estos, los decepcionados… A los decepcionados y resentidos, los vengativos; y a todos estos, los familiares. Porque hijos y nietos, obviamente, a medida que se iban enterando por los medios se acercaban a sus padres-abuelos dado que, simplemente, no entendían de qué se trataba todo esto y temían algo malo. Qué ilusos! Malo es un eufemismo al lado de lo que tramaban estos hombres de temer. Para cuando cruzaron la General Paz (siete días después), más de dos mil personas completaban las dos cuadras y media de extensión de la columna que entraba en Capital para derrocar al gobierno y tomar el poder. Fue una larga jornada de orgullo y patriotismo la que los llevó hasta la Plaza de Mayo (los viejitos se tomaron el subte en la estación Congreso de Tucumán, por recomendación del Doctor Zin y de Cormillot, quien no paraba de dar notas al respecto en todos los canales -NdelR). Pero en el andar de esa gloriosa marcha se fueron sumando más y más adeptos, llegando a los setenta mil al momento de dar el grito que habían venido a proclamar: “Rendite Lanusse, en nombre de la Revolución… Estás Rodeado”, gritó Napoleón desde su silla encabezando la columna Sur. “Tu hora a llegado, Lombardi… El pueblo está con nosotros”, fue el grito casi simultáneo de Ernesto, al frente de la columna Norte. “Videla, Massera y Agosti… Se les terminó la farra… Entréguense vivos o muertos, pero entréguense”, anunció de frente a la puerta principal de La Rosada el mismísimo Fidel, jefe de la columna Oeste. Claro, era viernes y en Casa de Gobierno sólo quedaban algunos empleados de poca monta, quienes alcanzaron a huir por los túneles subterráneos hacia la línea B y arreglate vos… La gente no esperó a que los generales de la revolución entraran triunfales; arremetieron contra las rejas (que de muy buena calidad no son, hay que decirlo), derribaron la puerta y saquearon la Casa Rosada dejando nada más que la desolación de la tierra arrasada que toda revolución necesita para reconstruir su ser nacional y popular. Hubo quien cagó en el Sillón de Rivadavia, como ejemplo de lo que el pueblo (o el culo del pueblo) siente por aquellos próceres de libro con cuyas historias fueron torturándose a generaciones y generaciones de argentinitos que no alcanzaban a aprobar historia, coartándoles así su derecho a una vida mejor y condenándolos a trabajar como kioskeros, albañiles, ferreteros, peteros, plomeros, colectiveros, basureros, y demás Eros (lo que no incluye a Ramazzoti quien la ha juntado en pala gracias a la sordera popular y, además, no es argentino). Afuera, en la Plaza del Pueblo, los móviles de la televisión y de la radio no paraban de entrevistar a los tres prohombres del caos nacional, aun incrédulos de lo que estaba pasando. “Señor Bonnette, señor Bonnette… está toda su familia apoyándolo aquí, vemos…”, le decía un viejo lobo de la radio argentina a Napoleón, quien se encontraba abrazado a su hijo y rodeado de un par de sus nietos quienes lloraban. “Sí, mis hijos vinieron por mí… pero no para apoyarme sino para llevarme de vuelta al geriátrico ese de mierda…”, se despachó a viva voz el de la silla mientras luchaba con uno de sus hijos por permanecer en la plaza mientras este le empuja la silla hacia donde estaba el auto de la familia y el revolucionario resistía a puro freno de mano nomás. “Es que está loco, mi viejo está pirado… Es un hombre medicado porque su cabeza ya no funciona bien…”, se justificaba el pobre “hijo de“, mientras persistía en llevarse el mentor de la revuelta popular vernácula. “Andá vos a ese depósito de viejos! Te creés que me vas a encerrar de nuevo mientras vos te vas de fin de semana al campo…”, retrucó el general de la revolución, más seguro que nunca de su argumentación, por años mascullada en la soledad de ese agujero llamado “casa de reposo”… “Pero no… si yo también vivo encerrado en esa oficina donde laburo, papá…!”, se defendió el avergonzado y sobrepasado hijo de la revolución… “Y jodete por pelotudo…”, le espetó Napoleón, como corresponde a un General del Pueblo que no tolera la mariconada, y mucho menos si ésta proviene de la sangre de su sangre. “Cómo fue… Cómo fue señor Papastrini que se gestó este golpe popular…”, gritaba la cronista de un canal “serio” de televisión abierta, corriendo detrás de Ernesto con los pelos todos parados y el maquillaje desencajándole aun más su poco encajada cara. “Y… estábamos aburridos…”, confesó este Padre de la Revolución. “…Nos habían robado el dominó la semana pasada… Y las damas no dan para jugar de a tres”. Y sí…, motivo de más para patear el tablero.

13 de julio de 2009

El Pibe de Oro

Nació con una pelota bajo el brazo el Pibe de Oro. Digamos que a la altura de su vientre. su Padre lo soñaba desde antes de juntarse con Roxana: Un día un hijo suyo deslumbraría, dejaría ciegos a los hombres que osaran mirarlo. Sería algo así como un Dios, un mito, una leyenda. Algo desde luego sagrado. Y así fue que vino al mundo Diego Armando Gómez Peperina, el chico que deslumbraría con su encanto. Ya desde el comienzo, al dar sus primeros pasos, mostraba claros indicios de ser diferente: No lloraba, no caminaba, no agarraba la teta… Pero esas son pequeñeces que no hacen a la ilusión que Don Gomez tenía desde siempre abigarrada a su corazón: Tener un crack en casa. El sueño se le cumplo cuando El Pibe de Oro llegó a los doce años, no porque su hijo debutara en la 5ta División de Boca como titular, no, sino cierta vez que la policía decomisó unas pequeñas piedritas de crack (esa roca a base de cocaína) luego de allanar la casa familiar. Culparon del hecho al progenitor, y así Diego, el Pibe de Oro, se vio en la obligación de parar la olla. El problema era que la olla, aún parada, no se llenaba, y la madre de Dieguito se había ido con el carnicero del rioba, que era un tipo muy jodido y no quería que por nada lo molestaran mientras fornicaba o trabajaba. Las hermanas del Pibe, una mayor que él y las otras diez, menores, le buscaron mil trabajos (ellas preferían hacer las cosas de la casa, aunque por entonces vivían en la calle); pero El Pibe sabía que, muy en el fondo, el sueño de Papá Gómez debía ser cumplido, así como Don Gómez cumplía con su injusta condena allá en el pabellón del Fondo de la cárcel de encauzados (raro eso de ser condenado antes de tener un juicio, no?). Así que, fiel al honor de la familia, rechazó cuanta changa se le cruzara… hasta que la oportunidad llegó un día de la mano de la casualidad. Revolviendo los tachos, las bolsas y demás en la calle Libertad, una de sus hermanas encontró un aerosol con pintura, y ni lerda ni perezosa (cosa bastante poco habitual en ella, ya que de ambas cualidades tenía bastante, heredadas seguramente de su madre) se acercó a Dieguito mientras éste dormía su mamúa en medio de la plaza, y lo roció con esa pintura como queriendo hacer de su Hermano mismo una aerografía. El resultado, inesperado, enmudeció al Pibe; cuando despertó, sin saber lo que pasaba, se dio cuenta que la gente lo miraba sonriente, que el mundo lo incluía con sorpresa pero simpatía. No entendió lo que sucedía hasta que se miró en los espejos del pasillo que cruza la 9 de Julio hacia la estación de subte; la vida había dado ese giro de ciento ochenta grados que su padre soñara para él: ahora era el Pibe de Oro de verdad. Y es que la pintura del tarro era dorada y el chico parecía toda una estatua de algún culto del sudeste asiático, semidesnudo por el calor cuando su hermana lo pintó. No tardó, Diego Armando Gómez Peperina, en conseguir un trabajo como ídolo: justo se inauguraba una Feria de novedades en La Rural y necesitaban un Buda niño que se sentara en la puerta de un stand todo el santo día sin hacer nada ni hablar; sin dudas, el trabajo ideal para quien quiere ser idolatrado sin tener que hacer nada más que estar pintado de dorado y tener una pancita como la que el desnutrido Dieguito hacía tiempo que desnutría. Son cosas de la vida: el Pibe terminó siendo casi como un Dios. Afortunadamente, Papá Gómez aun no se ha enterado.

5 de julio de 2009

La Bruta

Conocí a la bruta en mi viaje de egresado en Palo Seco. No es que no nos haya alcanzado para ir a Bariloche, sino que a mitad de camino se nos quedó el micro y tuvimos que hacer parada en ese pueblucho rural; y, adivinen qué, perdí el micro cuando partieron después de reparar esa correa de ventilador… Y nadie se percató de mi ausencia de tan poco popular que era yo entre mis compañeros (qué digo compañeros, Enemigos eran esos hijos de puta!). Por eso mismo, lejos de lamentarlo, decidí que mejor que pasar quince días en ese Guantánamo estudiantil era quedarme acá sin más, conocer el lugar, hacerme de amigos y, con suerte, no volver a casa. Tampoco allá iban a extrañarme, si éramos como doce hermanos (doce o trece, no me acuerdo). No sabía por entonces lo que me deparaba el destino. Trabajé enseguida en el taller mecánico donde arreglaron el micro. No Me pagaban, porque el chofer había huido sin abonar la reparación, así que vine yo a pagar los platos rotos y las facturas impagas. Pero a los dos días me liberaron de tal responsabilidad, más que nada debido a que yo era un inútil total que daba más trabajo que el que solucionaba. Y lógico, si era un pendejo de 23 años (no les dije, pero era repetidor de los que repiten todos los años al menos una vez). Así, por puro bruto, me fui quedando en ese villorio aburrido que se fue haciendo mi hogar; y no tarde mucho en dejar de dormir en ese taller para Acomodarme ya en una casa de Buena Familia. Ahí conocí a La Bruta. Ya me habían hablado de ella, un poco en broma (creí por entonces); y como en el pueblo de donde vengo “Bruta” significa “Fuerte, atractiva”, enseguida se me hizo en la cabeza la imagen de una diosa impresionante. Y la verdad es que sí, ella impresionaba; no sólo porque de físico estallaba: era grande, grandota…; de espaldas, de manos, de piernas… Sino porque era impresionante verla en acción. Como es de esperarse, bruto y bruta se atraen. Pero en este caso, yo era el intelectual de los dos. Tal era la brutalidad de ella. Cuando sus padres, los dueños de casa, me la presentaron, no terminaron de decir “él va a ser nuestro nuevo huésped” que ella me pegó una palmada tal en la espalda que casi me tira al piso, y del beso (en el cachete) casi me tienen que operar para extirpármela. Por supuesto que su familia ni se inmutó por ello: estaban habituados a reacciones mucho más exageradas que una bruta palmada de bienvenida. En ese momento lo tome como una simple broma (nada femenina por cierto); más tarde pensé en un exceso hormonal retenido, y liberado ante la presencia del hombre enfrente (alguna vez evalué la posibilidad de estudiar psiquiatría, pero es una carrera que requiere de leer más de un libro, cosa que me supera). Al final me di cuenta que era de bruta nomás que se comportaba así. Fue difícil escapar a sus modos cavernícolas, un poco porque tan fea no era (si no la mirabas moverse ni la escuchabas hablar) y otro poco porque yo estaba solo; y eso a esta edad te lleva a cometer todo tipo de errores con tal de ponerla. Y pequé. No fue difícil, dado que ella se me venía a la pieza y ni golpeaba siquiera (claro, era su casa, pero…). Pegaba un empujón y reventaba la puerta de una; y se metía como apurada, juntaba un par de medias del suelo, mi remera, las acomodaba y se me tiraba en la cama, me enchufaba el vaso de agua en la boca, me peinaba, me tiraba de los cachetes… Todo esto en la mañana y en menos de un minuto. La verdad es que, pensándolo hoy, yo debí haber sido muy boludo o debí haber estado muy pero muy falto de atención para permitir semejante trato de marioneta vapuleada. Era un atropello! Y lógico, si la Bruta era como un camión con acoplado y sin frenos. Y yo, de camionero, nada. Pero fue imposible evitar que las cosas subieran de nivel. Si ya de entrada se me instalaba en la zapie, imagínense que al poco tiempo ya era difícil sacarle seis centímetros de distancia. Me tenía más marcado que un defensor central al número 9. Eso no me molestaba tanto, pero cierta vez que íbamos por la calle me hizo pasar vergüenza del empujón que me dio cuando saludé a otra chica del pueblo, la hija del mecánico donde yo había “trabajado”. De ese empujón me metió en el Registro Civil nomás. Y ya sacamos fecha para casamiento. Sacamos digo para no sentirme discriminado, porque en realidad los trámites los hizo ella con mi consentimiento tácito; lo que equivale a decir que nunca me consultó siquiera. Pero quién osaría oponerse a la fuerza bruta de La Bruta? Yo, su marido, no. No y no, quise decir cuando el juez preguntó “Acepta…”, pero me salió un sí que era como rendirme al enemigo incondicionalmente a cambio de sobrevivir. Porque cuando la miré antes de contestar, sus ojos casi me cachetean de bruta que era. Ella, al verme dudar a la hora de firmar, me sacó la lapicera y firmó ella con mi nombre; y ni forma de hacerle entender que esa firma no era válida y bla bla bla… Como todos, hasta el juez, la conocían, no insistieron mucho y dieron por válido el matrimonio, mal que me pase. Y así llegamos al altar. La pequeña capilla del pueblo estaba llena (hacía como dos años que nadie se casaba de la poca gente que quedaba en ese villorio). Ella estab imponente: Parecía el Perito Moreno (no el prócer sino el glaciar), toda de blanco que encandilaba. Yo estaba, al fin, contento: era la primera vez que resultaba el centro de interés social de todo el mundo y, además, había una fiesta en mi honor. Qué iluso era por entonces. Entró la Bruta a la iglesia y ya comenzaron los problemas, porque de bruta que era llegó antes que yo, que no por asustado estaba retrasado sino que era temprano: Tan temprano como que llegó doce horas antes, porque ella había entendido que la misa era a las nueve de la mañana y no hubo forma de que sus padres y amigas la convencieran de que era a las nueve de la noche. Así que me fue a buscar, todo el séquito detrás caminando de la capilla a su casa (donde yo dormía todavía la tranca de la despedida de solteros), levantando polvareda por la calle de tierra a la velocidad del paso a que ella nos tenía acostumbrados, una suerte de marcha olímpica imposible de seguir si no la corrías. Así mismo me llegó, en medio de mi sueño, para convertirse en otra pesadilla. Me levantó del cuello con una mano, me puso el saco (la camisa y pantalones no me los había sacado del pedo que tenía al acostarme), y me llevó en el aire hasta la Casa de Dios, quién no sólo no estaba sino que tampoco estaba el cura, otro que había participado de mi despedida y también dormía vestido, pero no en la sacristía sino en lo de Doña Rosa, la catequista (no me pregunten por qué, pero se ve que era más cerca su casa que la parroquia). Al percatarse de la falta de personal celestial idóneo, la Bruta no dudó: manoteó a un chico que hacía las veces de monaguillo, quien estaba chismoseando como todo pueblerino, y lo puso detrás del púlpito a dirigir el sacramento. El pibe no tenía ni la menor idea, pero era vivo y se dio cuenta que mejor seguirle el juego a la Bruta que reconocerse inhábil para el puesto. Así que mintió un poco el texto, dijo dos o tres pelotudeces de rigor y preguntó lo que tenía que preguntar, de la manera más simple y sencilla: “Ustedes se quieren casar?” Sí, contestó ella por los dos. “Entonces los declaro marido y marida”, dijo el pibe, que era bruto pero no boludo. Y así, por primera vez, la ví sonreír a la Bruta, lo que valió todo el sacrificio de estar a su lado. No voy a contar lo de la noche de bodas, pero sí vale aclarar que la fiesta se terminó de un golpe cuando ella echó a todos al grito de “basta, váyanse… llegó la hora de la consumación”. Escalofriante! Y los sacó uno a uno pa’fuera a las patadas como perros en jardín ajeno. Después llegó la mañana, con el cantar de los pájaros; se me terminó la mamúa de dos días de festejos… y entonces comprendí, perplejo, en qué situación me hallaba. Ahora era el marido de La Bruta! Y bueno, como dice le saber popular, de las peores se sale con educación: Así fue que me decidí a terminar la secundaria. Mi jermu me mantenía porque la familia era dueña de unos campitos muy generosos que daba para los cinco (ella tenía un hermano que con buen tino había rajado para Córdoba capital, pero igual pegaba un mangazo puntual cada fin de mes). Entonces me inscribí en el bachillerato nacional y en un año y medio estaría recibiéndome de grandulón diplomado. Era, desde ya, el más viejo de la clase, pero mi plan iba derechito como mi andar cuando la Bruta me mandaba a hacer las compras. Así llegó mitad de 5to año y, claro, tuvimos nuestro viaje de Egresados. Otra vez para Bariloche, esta vez sí. Pero cuando partí, me dí cuenta que si llegaba allá no me iba a quedar otra que volver; así que en una de las paradas me las rebusqué para aflojar la correa del ventilador del micro. El motor recalentó, y no hubo otra que parar en un pueblucho de La Pampa que no les voy a revelar porque ahora es mi guarida. Sí, me quedé acá cuando partió el micro. Tomé el recaudo de decirles a todos que estaba con diarrea, y que si no me encontraban era porque estaría seguramente en el baño del bus. Y así partieron sin mí, creyéndome descompuesto e hincado en el inodoro del colectivo salvador. Esa es la manera como zafé de la Bruta, pero ahora que me volví a casar (aquella boda no tenía validez legal, si yo nunca firmé) y estoy obligado a mantener una familia, me pregunto si era tan malo soportar a una bruta todo el día o si es peor tener a tu suegro de jefe, como me pasa hoy día. Creo que en cualquier momento tiro la toalla y me vuelvo para Palo Seco nomás. Pero lo que más lamento es no haber conocido, al fin, Bariloche. Capaz me haga docente para irme con los alumnos alguna vez.

26 de junio de 2009

El Embarazador de Southampton

Conocí a Simon Zorren en el hospital St. Joseph cuando pasaba sus últimos días en este mundo y, como suele sucedernos, ya no le importaba demasiado su timidez. Por eso, y sobre todo por la ginebra que yo, como buen enfermero que soy, le daba sanamente cada noche a escondidas de la caba de turno, Simon desnudó su más oculto costado (no hablo del derecho o del izquierdo, que esos ya me tenían cansado de tapárselos una y otra vez al viejo este, que no sé cómo hacía pero se destapaba todo el tiempo el muy jodido). Cierta noche fría de otoño acá en su Southampton natal (a donde había vuelto cansado de tanto trajín y “hacer la América”), en un ataque de lucidez poco frecuente, seguramente milagros del aguardiente!, me contó su vida. Corría mediados de los ‘50 cuando el joven Simon, harto de las privaciones de posguerra pero sobre todo de tener las bolas congeladas acá en la Gran Isla Británica, se embarcó sin rumbo en el primer barco que zarpaba (no sé si leyeron algo, pero Southampton es un puerto, manga de burros -N del R). Ese bergantín (no es una definición técnica del tipo de navío sino un eufemismo dada la lamentable condición del barco) venía para el Río de La Plata, y así Simon (se pronuncia Saimon, sépanlo), por entonces un entusiasta pero tímido chico de unos veinte, salió de perdedor. Sí, ni bien tocó tierra firme, el rubio niño fue tentado a visitar el célebre Anchor In Bar, un símbolo de aquella Buenos Aires de la abundancia donde abundaban las putas en espera de boludos como Simon (o Saimon, como quieran). Y en este cabarulo del bajo de Barracas el inglecito conoció la cara de dios sin siquiera asomarse a una iglesia. Sí, debutó. Él, único hijo varón de una familia católica del sur de Inglaterra, nunca se habría animado a pagar por una mujer allá en las tierras que pisaban su madre y sus hermanas (una más trola que otra como buenas inglesas del sur). Pero acá ni lo pensó; una, porque del mareo que tenía al bajar del barco después de veinte días ni se acordaba en qué religión lo habían bautizado… Y otra porque el muy nabo no se dio cuenta que había pagado hasta que revisó la billetera la mañana siguiente (quien dice mañana, dice mediodía). Pero pasaron algunos años en los que Saimon se convirtió en Simón, o más acá, Don Zorren. Se instaló en Don Torcuato y se hizo de una vida que, sin ser para envidiar, tenía sus gratificaciones. Él era amado por su barrio porque era el que daba las noticias… No, no era periodista. Con ese acento que no se le iba parecía infradotado, cómo iban a aceptarlo en las insipientes radios que de a poco ganaban la plaza. No. Simón repartía diarios. Se levantaba a las cuatro de la mañana, mateaba (es un decir; nunca se le pudo hacer entender que de la bombilla se debe chupar, no soplar dentro) y salía a pedalear la vida silbando algún tango a los que, de vez en cuando, les agregaba una que otra letra de Los Plateros, haciendo de esa música un cambalache único. El asunto es que, en una de esas mañana en que clasificaba los ejemplares, se le cruzó por las manos una revista de esas que venden cualquier cosa de un modo bastante convincente. Y en ésta la revelación era un método para seducir mujeres a distancia. “Guauuuu!!!”, se dijo Simón, el tímido que hablaba mal y cantaba peor. “Éste es mi chance de ganando”, observó con la agudeza propia de un canillita a las cinco de la madrugada y mal dormido. Al otro día mandó la carta. Y a la semana ya le empezó a llegar el curso completo, con (obviamente) los cheques para ir haciendo el pago quincenal correspondiente. Saladito pero muy tentador, el Simón de Boludear éste (como lo había bautizado la señora que le alquilaba la pieza donde vivía, en obvia alusión a la Dama de las Camelias) comenzó a practicar con tan poco tino que en lugar de tomar como conejillo de indias a una chica desconocida, de otra ciudad, alguien de la calle… no… El tipo se empecinó en seducir a la hija del turco, la ferretera (o sea, la hija del ferretero que atendía la ferretería); que no era lo que se dice un minón, no. Más bien, el epíteto que le iba era el de “bulón”, dado el rubro en el que se desempeñaba y las pocas curvas que anunciaba a su paso por la vida. El hecho es que el Simón este empezó a pasar más seguido por la vereda de la ferretería… Y a cada pasada aplicaba los términos de lo aprendido: Herramientas de personalización del vínculo, dominio absoluto de la atracción, transmisión de confianza… Todo iba según el manual del curso por correspondencia (la dama en cuestión, ni enterada); hasta que una mañana se supo: La Juana estaba embarazada! Nooooo..!! Algo estaba mal ! O alguien le había usurpado el rancho, o las herramientas de seducción habían sido mal utilizadas, llegando demasiado lejos (y justo dónde el bueno de Simón quería). Claro que esa duda se fue despejando al no aparecer el padre de la criatura ni en el periódico. Eso le fue confirmando al inglecito que esa panza era responsabilidad suya; y una buena tarde entró en la ferretería, encaró al ferretero y le dijo: “Yo mí es el panza dueño”. Digan que el turco no le entendió (porque él tenía lo suyo también a la hora de hablar de acentos y modismos), que si no le entierra la llave inglesa esa que tenía para vender en el balero, y le hunde de un solo golpe ese jockey sucio (que el inglés no se sacaba desde que subió al barco) hasta el fondo mismo del cerebelo. El Simón quiso encarar a la mismísima Juana para explicarle que él era el responsable, y que habría de hacerse cargo de lo hecho. Y cuando lo hizo, a la mina le cayó la ficha de que esa era la única salida para salvar la mitad del honor que ya había perdido por completo; y como buena comerciante que era la turquita, se dijo: “Y bueno… a veces hay que perder para ganar”. Y se casó con el inglés de Marras (Marras era el nombre de la señora que lo alojaba). Desde luego que el secreto fue bien guardado bajo siete llaves; nadie debía saber que el iluso se había cargado de tal resultado creyéndose el responsable “a distancia”. Pero eran los años cincuenta y todo era posible, más que hoy día. Y por qué no, si hasta Cristo nació de un vínculo etéreo… De esas estaba llena de vida del buen Simón, cuya educación católica había sido el pilar de sus torpezas. Claro que la relación no duró mucho; al tiempo nomás apareció el verdadero padre de la criatura, un viajante de comercio casado que pasaba por la ciudad una vez al mes, quien se tomó seis meses para decidir si terminaba con su mujer y empezaba una nueva vida con Juana la Ferretera o continuaba su fantochada familiar… Y decidió, salomónicamente, seguir casado pero haciendo doble vida (un clásico de viajantes, embarcados y policías). La chica aceptó con tal de deshacerse del incomprensible inglecito (a quien nunca le entendía nada); y se fueron de Don Torcuato a vivir a la provincia. El pobre Simón, ahora otra vez solo, decidió que esas prácticas a distancia podían ser peligrosas y una noche, la última en la casa que el turco padre les había dado para que vivieran, en los fondos de esa casa maldita, quemó todas las instrucciones, diagramas, notas y apuntes del curso de Seducción a Distancia de la Academia Charles A. Thompson Jiménez de Miami. Y de cara a esa pequeña fogata se juró nunca más abusar de la suerte de ser un seductor de tal calibre que podía, sin siquiera quererlo, embarazar a una mujer con sólo pensarla mucho. Si embargo, ya lejos de esa ciudad que lo hizo a un lado por perdedor y por foráneo (eran tiempos del peronismo más nacionalista y cualquiera que hablara inglés era mal visto, como corresponde!), Simon Zorren comenzó una nueva vida que lo llevaría de nuevo a tropezar con su propia habilidad para tropezar. Y es que, si bien tuvo la suerte de encontrar un compadre que pronto lo cobijó ofreciéndole casa y trabajo sin que él tuviera que pagar nada más que atender una casa de comidas dieciséis horas por día (lo que incluía parte de la noche), el destino de seductor lo esperaba detrás de ese mostrador. El inglecito éste estaba tan contento de rehacer su vida que mucho no reviso ese trato, sino que le puso toda la onda; se compró un chaleco a rombos, unos tiradores nuevos, y se calzó el delantal y el gorro blancos que, detrás de ese mostrador de zinc lustroso, le deban “un aires (según el creía) de Don John irresistibla“. Y ahí, en ese paso semántico estuvo el principio de la vuelta al caos. Porque de “irresistible” a “seductor” hay casi nada; y de esto ultimo a “seductor a distancia”, solo un trámite. Y así, una tarde de septiembre en que el calorcito de la insipiente primavera comenzó a asomar con ganas, el obsesivo Simon puso sus ojos en la corta falda de una de sus más asiduas clientas, Filomena S (evitamos toda mención al apellido de la dama por obvia preservación de la honra de la pobre). La piba no tenía más de dieciocho, pero por entonces las buenas familias le buscaban candidato a las niñas a muy temprana edad para evitar que conocieran lo maravillosa que es la vida y nunca más se casaran. Claro que la familia de Filomena, los S (también a ellos los preservaremos), no tenían precisamente en la cabeza un tipo de la clase de Simoncito para cónyuge de su hijita malcriada. Fue entonces que el pobre inglés comenzó a darse cuenta que cada vez que la niña entraba al negocio a por unos pastelitos o unas croquetas, él no podía abstraerse de ello y, casi instintivamente, comenzaba a hacer uso de las técnicas de seducción tan fríamente aprendidas con sajona aplicación. Bueno, era inglés después de todo! Y, claro, al tiempo la chica desapareció de la ciudad; nadie la vió más. Simon sospechó algo… Él sabía mejor que ninguno que algo extraño ocultaba la familia S (los seguimos protegiendo, pero ya me estoy cansando). Entonces, una noche se quitó el delantal antes de la hora de cerrar y se hizo una disparada corriendo hasta lo de los S (está bien, se llamaban Sorreguieta… contentos?). La mucama no se sorprendió al verlo en la puerta cuando abrió: algunas veces él mismo alcanzaba los pedidos para poder espiar un poquito a la nena ahora en fuga. La empleada lo hizo pasar, y mientras esperaba en el vestíbulo alcanzó a escuchar una discusión entre los Sorreguieta durante la cual uno de ellos decía: “Dejémosla allá hasta que nazca el niño…” Eso fue suficiente para que el empecinado seductor viera cómo se derrumbaba todo su nuevo mundo una vez más y como antes, en Don Torcuato. “No” se dijo, “…esta vez no voy a ser tan torpe… Si yo la embaracé a distancia, como a Juanita, nadie puede saberlo excepto yo… y mi maldita conciencia”. Pero, justamente, la conciencia es un amigo que no sabe guardar un secreto sino que nos lo recuerda con saña cada vez que puede; de lo contrario se llamaría inconciencia, verdad? El destino quiso que se reivindicara de un modo muy casual; aunque en los pueblos de provincia casi nada sea casual. Y sería de boca del cartero que se enteraría dónde había ido a parar la chica y su panza geográficamente ocultada. “Che… inglés… Así que los S (no ocultamos el apellido ahora sino que es demasiado largo para escribirlo todo el tiempo) mandaron a la nena a estudiar a tus pagos!”, le dijo ingenuamente el repartidor de cartas, sin sospechar que ese comentario chismoso cambiaría la vida de más de una persona. Porque era ese, precisamente, el dato que Saimon (Simon, o sea) estaba queriendo conseguir sin éxito. “Cómo Usted sabés el qué ciudad de dónde ahora es ella?”, cuestionó muy seriamente a Lito, el cartero, mirándolo fijo con esos ojos azules de lobo que eran capaces de intimidar (aunque para ver no sirvieran de mucho, dada su miopía). “Y mirá che…”, lo desafió Lito, mostrándole el sobre de la carta que estaba por entregar: “Rte: Filomena Sorry, 32, Church Lane, Southampton, England” decía cruel pero inesperadamente el sobre que le enviaba la chica a sus padres. No había terminado de leerla el inglecito que ya se había quitado el gorro de cocinero ese, tan ridículo, el delantal y ya estaba en su habitación haciendo la valija con lo poco que tenía (el chaleco de rombos, los tiradores, más un par de camisas y ya) para tomarse esa misma noche el bus a Buenos Aires, donde embarcaría al otro día hacia Inglaterra. Porque él había aprendido a callar, a no permitir que la gente lo culpara nunca más por ser así de seductor… Pero sus principios estaban intactos, con eso no se jugaba; y no iba a permitir que la chica tuviera su hijo sin saber quién era el padre y por qué ella estaba sufriendo ese destierro. Él, una vez más y como correspondía, iba a reconocer su responsabilidad en el hecho. Y cuando llegó, quizá por primera vez en la vida, fue a tiempo; justo a tiempo. Porque la chica, quien sabía muy bien quién era el padre de la criatura, se encontraba sumida en una depresión terrible, lejos de todos sus afectos, en un país donde nadie le entendía y, además, con un clima horrendo que deprimiría hasta al mismísimo Robin Williams. Entonces la absurda llegada del confeso embarazador no sería tan absurda sino una verdadera bendición para la chica, que ya estaba a punto de parir en ese hospicio que era más deprimente aun que el clima tormentoso del sur de Inglaterra. Y estando él se animo a escapar de allí, a intentar una nueva vida con su hija a quien no quería dar (como le imponía su familia)... Si hasta se animó a convencer a Simon que no debía temer embarazar a cada mujer en la que pensara! Así fue que Don Simón, este viejito que cuidé a pura ginebra en sus últimos días, volvió a reconciliarse con su tierra y consigo mismo; gracias a una niña que, en la más difícil, supo elegir dándole la espalda a todo aquello para lo que había sido criada por su pacata y engreída parentela. Y acaso no es mejor elegir un hijo de incierto futuro que una familia con demasiado pasado?

11 de junio de 2009

Milanesa, el Payaso sin Huevos

Era un payaso empastillado. Un borrachín desalineado que de vejete se dio por abstemio y ya era tarde para reivindicaciones, lo que sin mucha vuelta lo llevó a los psicofármacos. Así salía a la arena: Dando tumbos y aspavientos. Los brazos trepando del aire, un lugar del que nadie puede jamás Agarrarse; y es que Juanjo lo intentaba pero el aire siempre, siempre lo esquivaba. Dije salía a la arena no porque el circo fuera su escenario ni los niños su publico privilegiado, no. La arena era su lugar desde que repartía volantes para el Corralón Don Huberto, venta de materiales de construcción a precios de joyería, donde “Ladrillito” (pseudónimo del yosapa este) era sin duda La mejor carta de publicidad y la más barata: Un sánguche de mortadela a las 12 y un choripán a la salida, más un centavo por volante lo que hacía como diez pesos al día descontando los de lluvia, los domingos y las fiestas de guardar. Así nomás iba la vida de este payaso de porquería que tenía menos onda que Sofovich cantando la Lotería. Se lo oía refunfuñar por lo bajo y sin motivo a la vez que daba un pelpa, la mirada torva y malo a veces tanto que ni entregaba ese volante que ofrecía con la mano, reteniéndolo muy firme como pensando en un “Oleee…!” cuan revancha de volantero a ese desinterés del vulgo en tránsito. Y es que Ladrillito era un payaso de cuento, y el peor de todos los cuentos era la oferta del día: De esos volantes no salía otra cosa que mentiras. Y qué culpa tenía Ladrillo que el cemento fuera trucho. Que la cal pesara menos de lo que decía la bolsa; y que la arena mojada a la final se achicara. Culpa, no se si llamarlo culpa… pero Ladrillo sabía, y sin embargo salía todos los días al ruedo trastabillándose en pedo aun si ni siquiera tomaba, por culpa de esas pastillas que le vendía el cadete de la farmacia de enfrente, esas que él se afanaba. Todos, hasta los niños del rioba, creía en esos rulos; y es que eso era lo único que no era trucho en Ladrillo. Ese Juanjo era un tipo de profusa rulosidad, y con esa mala tintura para matizar las canas, las crenchas brillaban verde, medio mezcladas con rojo, que era herencia de su abuelo, un irlandés patoso oriundo de Hurlingham. Yo una vez lo vi en un bar en la estación de Haedo, esa donde sacan fichas pa’ver quién termina más en pedo. Me senté porque me llamó; me dijo: “Hoy vuelvo a ser yo mismo”, se pidió una de tinto, y se la empinó todita. Ahí nomás, sin más vuelta ni preámbulo ni nada me confesó, lengua ardida, que su pasión, la Bebida, no le impedía ver las cosas como son; que de la vida no se olvidaba y que siempre soñaba que un día, llegado desde la nada, un gran circo lo buscaba para llevárselo lejos, ávido de un payaso que maravillara niños bajo arcoiris de luces al grito de “Mi-la-ne-sa…, Mi-la-ne-sa…” Loco, dije ya yéndome, y como hablándome a mí mismo… Aquí este tipo que sueña… Y yo sin huevos por esta noche para hacer mis milanesas. Pa qué me habré dejado entretener por este payasín volantero…! Ahora otra vez terminaré comiendo fideos con manteca. Pucha que es cruel esta vida.

1 de junio de 2009

El Hijo del Gaucho Griego

Mario Nicanor de las Mercedes Papadopoulos nació estigmatizado. Su marca no era otra que la de ser el único hijo de un griego gaucho. Al menos eso creía su padre que era. Y esperaba de su vástago que, de un modo muy literal, éste fuera astilla de tal palo. Y digo literal porque ambos, padre e hijo, eran virtualmente de madera. Nada influye en mi juicio que el señor Papadopoulos se haya criado entre abedules y acacias: Hay gente de buena madera y otros que son de madera nomás. Y eso quería Don Griego (como lo llamaban allá en el pago de Chala Seca, Provincia de Santa Fe), para su hijo: Una vida de madera. Y qué acertado el gaucho griego! Su hijo realmente daba con el perfil. Sin embargo (siempre hay un sin embargo, aunque en esta familia los embargos eran cosa de todos los días), Mario Nicanor tenia otros planes para él y para su Vida. No es que el pobre tuviera un futuro imaginado ni nada que se le pareciese; es que Vida era su noviecita de la primaria. Y el Nicanor este andaba alzado con ella desde muy temprana Edad. Casi se diría que había nacido alzado el pobre gaucho frustrado. Y asumo como mío Lo de frustrado porque así era: Nican (como lo llamaban en su circulo de amistades) cargaba con esa pesada llaga de no poder ser el gaucho que su padre esperaba de él. Por eso, y porque sí nomás, casi siempre tenía problemas de erección a la hora de embocar, lo que no desesperaba a Vida, que era tan frígida como que se apellidaba Frigerio. El chico sabía que para ser feliz la única salida era por ruta 8. En Otras palabras, chau pueblo y si te he visto no me acuerdo. Pero Don Griego (tal vez si Ud. es de Chala Seca lo recuerde cómo Griego de Mierda, porque así daban en llamarlo algunos muchos), el padre de la criatura, no sabía nada de nada, pero menos de sutilezas; y no desperdiciaba oportunidad en recalcarle al muchacho lo mucho que lo defraudaba con esa pose amanerada, los pelos lacios teñidos de rojo y esa ropa toda ajustada que lo único que le faltaba era usar sandalias con taco y bla bla bla… Y es que Nican era un flogger, un artista de la pelotudez diaria, nada malo si se tiene doce años, pero a los 30 se interpreta un poco raro, sobre todo si se lo mira desde arriba de un Deutz 2430, que es un tractor muy conservador y Bastante alto, desde el cual la perspectiva favorece mucho a quien critica, y muy muy poco a quien fuma con filtro parado en la esquina de un pueblo sin asfalto, de zapatillas rosa y pantalón limón. Y como tenía que ser, un buen día Que Nican y Vida estaban casi listos para huir, el patriarca se brotó. Se había acabado el anís y tampoco quedaba ni caña siquiera cuando Nican entraba riendo a la casa acomodando su flequillo, casi como estirándolo (es que tenía unos rulos Que ni pa’gaucho servían, menos para hacerse el flogger); ahí nomás, de entrada en la cocina, lo abarajó Don Griego, el Gaucho de Mierda, el de la madera, y de un golpe de hacha seco como el pueblo, perfecto, pulcro y perfecto diría un animador de boxeo, de un solo golpe lo dejó sin cabellera… Volaron flequillos que, de tan truchos, en el mismo aire se enrularon cayendo en zarcillos al mosaico gris de la cocina de campo como colitas de chancho, y cuan finalmente aliviados. Nican, el flogger rapado, el Rebelde sin Casa (obviamente lo Estaban echando, no?) se desmayó; su carrera de flogger estaba acabada; y pa´skinhead no le daba. Y que razón tenía Don Mierda, el Griego para hacerle eso: Acaso podía existir realmente un Gaucho Maderero? Un invento griego..!! Pero andá a hacérselo entender al bruto de Don Papadopoulos, hombre De pocas letras y ninguna Idea. Y menos era posible Sin caña ni nada que lo endulzara, tanto como para que cantase alguna canción de Miranda de esas que, sin querer, a veces silbaba mientras aserraba los troncos creyendo que rendía homenaje a alguna zamba de Don Ata. De tal palo…